lunes, 10 de octubre de 2016

Isco y Kroos en el Madrid de los centros

El Real Madrid volvió a empatar en un partido en el que siempre pareció jugar a contrarreloj. Las posesiones blancas sufren el bajo nivel técnico que hoy lucen Ronaldo y Benzema, incrementado el daño por las ausencias de Modric y Marcelo, y fían sus ataques a un frenesí que no hace bien a ninguno de sus futbolistas. La necesidad imperiosa de sumar un triunfo tras encadenar tres empates y el verse perdiendo cuando el partido recién arrancaba fueron los factores que ahondaron en la herida de los de Zidane, que empataron ante un soberbio Eibar, muy consciente de los aspectos que lastran al actual campeón de Europa.

Como si el propósito de la tarde no fuera de la suficiente enjundia tras la terna de resbalones amarillentos, el Eibar quiso añadir un extra de pimienta cuando el Bernabéu aún no había logrado salir del trance siestero al que evocaba la hora del envite. El Real Madrid, recién desperezado cuando cayó en la cuenta de que ya estaba uno abajo, requirió de apenas unos minutos, los que lleva asimilar el café de la sobremesa, para terminar de sacarse las legañas y comenzar a defender el liderato.

El Madrid comandaba una posesión que a la postre resultaba inocua, pues los de Mendilibar se organizaban con comodidad sobre su propia mitad con una conexa línea de cinco en el medio que dificultaba las combinaciones interiores de los blancos. El balón llegaba con facilidad a Carvajal y Danilo, que levantaban la cabeza para ver que progresar mediante el pase nunca era una opción: Ronaldo y Bale cargaban área y todo el ataque merengue se reducía a un centro sin ventajas o a dar un pase atrás para seguir moviendo la estructura armera. Allí emergió Isco, el único capaz de rescatar a su equipo de reincidir en el centro sistemático que viene restando potencial a su contrastada ofensiva. Tampoco encontraba situaciones favorables el cuadro de Zidane tras robo, puesto que el Eibar, ordenándose de la mano de un magnífico Dani García y ganando metros gracias al poderío de Ander Capa, aprovechaba la laxitud de la defensa posicional local para quitar vueltas al partido y dormir el ímpetu madridista. Solo Bale y Ronaldo lograron agitar cuando recibieron volcados sobre la cal.

Zidane ajustó al descanso con Morata donde el invisible Benzema. La medida no tardó en hacerse notar. El madrileño añadió la profundidad que antes no había, permitiendo que Bale se clavase en la derecha y metiese el miedo en el cuerpo a los vascos. Compensó también el canterano los movimientos fuera-dentro de Ronaldo, lo cual instauró un segundo foco de peligro en el área visitante que llevaba el gol de una utopía a una realidad factible. No obstante, el Madrid seguía sin saber escurrirse los sesos cuando la situación lo requería. Ante la obligación de ordenar sus piezas cuando el espacio no estaba ahí, las neuronas blancas colapsaban y veían el balón al área como única salida posible. Incluso Kroos, habitual hombre frío incluso en la olla más caldeada, sucumbió al mal endémico de los de Zidane. Que Kovacic fuera el mayor protagonista de un centro del campo compartido con el alemán e Isco define la falta de jerarquía y poso del ataque del Real Madrid, inmiscuido en un ambiente viciado por la ansiedad autoimpuesta de un vestuario que no se reconoce a sí mismo. 

El guión de Tuchel y Zidane

Insistió Zidane con el recurrente sistema del mediapunta que empleó en dos de los últimos tres partidos de liga. Esta vez le tocó a James actuar como tal, pero su concurso tenía un sentido que no se le había encontrado en los anteriores envites. El colombiano, además de ser un conector inmediato para enlazar con la BBC en las contras blancas (el principal recurso del Real Madrid ayer en el Westfalenstadion), actuó como sombra del constante Weigl, origen de cada una de las construcciones amarillas.

El Madrid cedió sin miramientos la pelota a los locales, conscientes de que mientras Ronaldo y Benzema no realcen el vuelo será complicado recuperar unos mecanismos óptimos con posesión (a pesar de no estar aún a pleno rendimiento, sería injusto no decir que Cristiano jugó un buen partido de fútbol). Servía también la medida para explotar la ternura de la zaga germana, huérfana de patriarca tras la marcha de Hummels. Adquiría así el plan de Tuchel todo el sentido del que carecería de gozar los delanteros merengues de un pico de forma óptimo.

El revoloteo de los mediapuntas locales a la espalda de la línea medular que comandaban Kroos y Modric fue el mayor problema para los de Zidane, que vivieron el primer tiempo instalados sobre su parcela. Götze apareció con reiteración para sacar de sitio a Varane y Ramos, que dejaban un espacio que Aubameyang  o el fabuloso Dembélé atacaban con ahínco. Precisamente el francés, un demonio que regatea con la facilidad con la que sus compañeros la pasan a un lado, fue la vía de escape de la que los amarillos echaban mano cuando ninguna puerta se abría.

Una de las transiciones del Madrid y un fallo grosero de Keylor Navas significaron el empate a uno al descanso, en el que el Madrid respiró hondo y tomó consciencia de hacia donde debía conducir el choque. Con la pelota sus centrales dieron un paso atrás para hacer grande el campo y generar espacio a Kroos-Modric, que la tocaron con más continuidad que en el primer tiempo e hicieron sudar al conjunto teutón. Para dar continuidad al cambio en el plan blanco, Zidane dio entrada a Kovacic y recuperó el 4-3-3 habitual. Fueron los mejores minutos del Real Madrid en Dortmund, de los que nació el 1-2 que les ponía todo de cara.

Pero este BVB no es un proyecto cualquiera. Además de (mucha) calidad, proyección y un sistema al que agarrarse, cuentan con Thomas Tuchel, técnico cuya personalidad eclipsa a cuanto le rodea para terminar trascendiendo como el mejor de los futbolistas. Puso a Schürrle y dos niños, Pulisic y Emre Mor, para girar el campo y embotellar al Madrid sobre su área. Lo hicieron y, si bien el conjunto blanco pudo sentenciar al contragolpe, les sirvió para terminar empatando un partido en el que obligaron al vigente campeón a amoldarse a su dictamen.