Es su competición. Él la adora y ella no puede hacer más
que corresponderle. Solo así se explica la mística mediante la cual su
adversario estrella en la madera dos penaltis que volteaban el desenlace de la
final de Milán. El Real Madrid es otro equipo cuando a sus oídos llega la
melodía de la Champions League. Es su pócima secreta, el motivo por el cual
cada noche de competición europea el Madrid viste sus mejores galas y se
transforma en el monstruo que nadie quiere conocer.
Y sus jugadores lo saben. Especialmente representativo es
el caso de su capitán, Sergio Ramos, que tras una temporada de constante
zozobra, decidió no ya agarrar el toro por los cuernos, sino cabalgar a lomos
del mismo para terminar el curso investido como santo y seña de la undécima
Copa de Europa del club de Concha Espina. Su gol, cumplido el cuarto de hora de
partido, escenifica la idiosincrasia del que estaba llamado a conseguirlo. Para
el Atlético de Madrid supuso revivir de golpe el que fuera uno de los sucesos
que mayor marca han dejado grabada en su piel.
Los veinticinco primeros minutos de encuentro parecían todo
un sueño para los blancos. Tras uno de los años más convulsos en su historia
reciente, estaban sometiendo con una personalidad apabullante al indiscutible
verdugo de Messi y Guardiola. Mentalidad ganadora, mucho poso y una calidad
individual que supera lo imaginable como ingredientes para desarbolar la
energética presión que proponía el Cholo Simeone. El habitual problema en
la colocación de Casemiro, Kroos y Modric no tuvo solución, pero la supremacía
del alemán construyendo y el esfuerzo extra del balcánico sobre el sector
diestro de la base de la jugada permitieron a su equipo tener la estructura de
salida que la pizarra de Zidane no había conseguido construir.
Una vez mencionado, es imposible obviar el nombre de
Casemiro. El brasileño jugó, simple y llanamente, el partido perfecto con el
que cualquier entrenador sueña cuando alinea a un pivote defensivo de sus
características. Visto con perspectiva, cuesta concebir lo visto sobre el
césped de San Siro como la evolución hasta el nivel real del jugador carioca:
la temporización a la hora de meter el pie, el dar prioridad al espacio frente
al balón, una colocación —que no unas piernas— que le permitió estar siempre
donde se le necesitaba. Son cualidades de las que adolecía durante toda la
temporada, si bien ayer pareció haber asimilado todas ellas de sopetón. Solo el
tiempo dirá si la final de la Champions del año 2016 supuso el nacimiento de un
mediocentro que marca verdaderas diferencias sin balón en la competición más
importante del mundo.
El paso de los minutos llevó la iniciativa al conjunto que
vestía de rojo y blanco, que decidió que era el momento de adelantar líneas,
soltar a Koke y Saúl por dentro y subir a sus laterales. Fue la confirmación
del valiosísimo papel de Zidane con estos jugadores, dibujada en el repliegue
de Ronaldo y Bale a la altura del trío de centrocampistas, evitando así que las
recepciones de Juanfran y Filipe Luis se dieran en superioridad.
Salió el Atleti con otra cara de los vestuarios, arengados
por un Simeone consciente de la ansiedad que el paso de los minutos, poco
acostumbrado el Atleti a remar con el marcador en contra, podía tener en los
suyos. Por si la charla hubiera sido insuficiente, el argentino envió un
mensaje claro y conciso: Carrasco por Augusto. Llegaron entonces el penalti
errado por Griezmann (fallo de Pepe mediante) y una sucesión de acercamientos
que terminaron por aplastar en exceso a los blancos contra su propia área.
Si bien es cierto que el Madrid parecía no estar del todo
incómodo con el partido que se estaba dando, pues en cualquier momento podía
encontrar una vía por la que lanzar al excelso Bale en una carrera hacia el
2-0, Zidane resolvió que su Madrid no estaba concebido para esto, así que
introdujo al jugador que mayor cuota de balón acumula cuando está sobre el
verde: Isco. Lo extraño fue que la sustitución implicase retirar al que más
veces la toca, Toni Kroos, que además estaba jugando un partidazo, superior en
todas las facetas al del pequeño genio croata. Solo cinco minutos después, en
el 75, el técnico galo introdujo su cambio ganador con el marcador a favor con
la intención de ayudar a un tembloroso Danilo, ampliamente superado por
Ferreira Carrasco: Lucas Vázquez por Benzema. En el 78, fue el propio belga el
que culminaba un jugadón del Atlético para mandar el partido a la prórroga.
Lisboa emergía como un recuerdo que, por primera vez en dos años, el Real
Madrid no quería tener en mente.
Y en el tiempo extra, dos figuras se elevaron por encima de
todas las demás, como queriendo decir a los suyos que ellos eran el Madrid, que
estaban jugando la final de la Champions League, y que no había rival ni
justicia poética suficiente que pudiese privarlos de alzar su undécimo trofeo.
Casemiro e Isco empujaron a los suyos a creer en la victoria. El primero
abarcaba tal cantidad de terreno que parecía haber entrado al campo en el
minuto 90. Ganaba todos los choques, su figura era omnipresente. Con él, no
había pérdida madridista que pudiese significar un problema para Keylor Navas.
El segundo decidió agarrar la pelota, tocar y moverse hasta hacer suyo el
partido. La personalidad del malagueño es un valor incalculable para los suyos
cuando la adversidad llama a la puerta. Con Bale cojo, Modric tieso y Marcelo
caminando, fue el hombre que agigantó el escudo que la camiseta blanca luce
sobre el pecho.
Los penaltis fueron la confirmación de lo que Sergio Ramos
conocía antes de que Clattenburg pitase a las 20:45. Él y los suyos solo debían
dejarse guiar. La competición que el Real Madrid levantase ayer por
decimoprimera vez haría el resto. Y así fue.