sábado, 27 de agosto de 2016

Tres puntos para capear el temporal

Hizo Zidane un intercambio entre genio y aspirante croata en el once respecto al que puso en liza en el envite de Anoeta. En el resto, más de lo mismo: “Casemirosistema”, recambios a la espera de la primera línea, y Asensio sumando créditos a ritmo de graduado en un solo curso. James, en una onda aparte, sigue ojeando el catálogo de ofertas que le ofrece esta suerte de universidad llamada fútbol.

El Celta llegaba con resquemor. Y encima, al Bernabéu. Hace solo una semana el honroso Leganés había destapado todas las vergüenzas de los de Berizzo. La solución: Aspas y Sisto fuera, uno más al medio, y a ensuciar una calurosa tarde en la Castellana. El “Tucu”, en los minutos iniciales, daba la razón al técnico argentino.

Los ayer azulones trataron, cuando no tenían la pelota, de precipitar a los blancos cuando ellos la movían. Solo Morata arriba lograba dar aire a los inocuos ataques del Madrid. Con balón, los de Vigo dormían el tiempo en un intento de precipitar la presión local. En ambas situaciones, el camino que trazaban hacia el gol era el mismo: salida fugaz con Bongonda aprovechando el agujero en el lateral y Guidetti y Wass cargando el área.

El Madrid sabía que tanto ganar como perder estaba en su mano. La presión del Celta obligaba a no bajar la guardia, y a la espera de que Modric y Kroos comenzasen a imponer su sino, los de Zidane se daban a la verticalidad.

El uno por uno que proponían los gallegos estaba creando verdaderas dificultades a la falta de acierto en el gesto técnico de los blancos, que siguen adoleciendo del mismo déficit de estructura colectiva con pelota que solucione tesituras como ésta en los días más grises. Solo Modric lograba girar al Celta cuando le daba por agitar su varita.

El primer gol llegó en una presión sobre la reposada salida del Celta, que seguía poniendo la zanahoria delante a los de Zidane para que rompiesen líneas en manada. Cuando el partido parecía cuesta abajo para el Madrid, que iba a ver como todas sus dificultades se desvanecían de golpe por la incompatibilidad del plan vigués con el marcador, Orellana hizo un gran gol que devolvía el encuentro a donde estaba.

James y Lucas entraron donde Asensio y Modric, sin ritmo para más. La velocidad del partido se endiablaba cada vez que el Madrid la tenía, mientras el Celta seguía tratando de echar el ancla. Bale y Marcelo estaban fuera y James seguía buscándose, así que Zidane metió la directa metiendo a Mariano. Si no se podía construir un camino, al menos había que acortarlo.

Terminó llegando el dos a uno en una jugada a trompicones, en la que James la perdió y la recuperó en cuestión de dos segundos, Lucas se paró, y vio a al panzer Kroos llegando solo a la frontal. A partir de ahí, un lanzamiento de bolera: rodadita, con la curva justa, y al palo. Strike.


No fue ni mucho menos un partido en el que el Madrid luciera. Más bien lo contrario. No obstante, dada la cuantía de las bajas, así como el nivel de forma de varios de sus jugadores importantes (Marcelo, Modric, Bale), ganar sigue siendo el mejor valor que este equipo puede presentar. A partir de ahí, si los resultados le siguen acompañando, llegarán los futbolistas, los picos de forma, y su nivel. 

lunes, 22 de agosto de 2016

El esfuerzo como sistema

Ganaba por un gol a cero el Real Madrid cuando solo se había jugado minuto y medio de partido.  Y seguramente lo fuese haciendo desde antes de que el árbitro diese la orden para que el balón comenzase a rodar. En ningún momento fue cuestionable la victoria de los blancos en feudo donostiarra. Faltó solo que Zidane se congratulase por los tres puntos en la rueda de prensa previa al encuentro, la que dio en Valdebebas. Con el Madrid jugando como lo hizo, y ante esta Real Sociedad, solo cabía ganar.

Lo hicieron los de Chamartín sin cinco piezas de su once titular. Quizá por esto, salieron a Anotea con una premisa principal. Por delante de tácticas, dibujos o estrategias, Zidane había tildado a un factor de innegociable: el esfuerzo. Fue visible en todos y cada uno de los futbolistas del Madrid. Desde los que atravesaron una tarde aciaga (Ramos, Marcelo), hasta los que llevaron la premisa al paroxismo (Casemiro).

No se imponía el Madrid con la pelota en un partido en el que no estaban Modric, Isco o Benzema, lo cual no era noticia. La tenía lo que quería Kroos, que no es poco. Pero la Real Sociedad estaba abajo en el marcador, así que se animaba, enaltecida por el fervor donostiarra en fiestas, a presionar arriba. Derivaba esto en muchos metros entre la zaga del equipo local y su portero, escenario goloso para el nervio de Asensio, los jugueteos de Bale y el partidazo de Morata. El delantero dejó en la urna zidanesca su candidatura a suplente de oro, y lo que surja, de la BBC. Junto con el show de "stopping" de Casemiro en el medio —favorecido por la cadidez de los de Eusebio—, lo mejor del Madrid. 

Los ataques del Madrid eran directos, rápidos y concisos. La portería como principio y fin, sin entretiempos que valgan. Cuando no había pelota con la que enebrar acciones de ataque, los de Zidane se organizaban con una línea de cinco por delante de la defensa, con Bale cerrando la diestra como si se jugase en el Camp Nou y en lugar de guardar la espalda a Morata y Asensio, lo hiciese con Benzema y Cristiano. Los tres del medio formaban una V inamovible, en la que Kovacic solo se descolgó en sus típicas incursiones cuando el encuentro atravesó una fase de intercambio de golpes al poco de comenzar el segundo tiempo. El croata, paradigma en su partido de lo que Zidane pidió a sus chicos, fue prácticamente por vez primera desde que aterrizó en España más jugador de fútbol que de highlights.

Con 2-0 arriba (sublime toque de clase de Asensio, alarmante inoperancia de los centrales de Eusebio) el Madrid no tenía ningún reparo en replegar y seguir esperando a que la chispa casi adolescente de sus tres atacantes hiciera sangre. Solo Oiarzabal hacía dudar a los blancos cuando picoteaba entre Ramos y Marcelo. De sus botas nacía todo lo diferencial del ataque de los de San Sebastián, acompañado en el impás por el buen hacer de un suplente William José. Varane, a un nivel que no se le recordaba (no deja de ser curioso: apenas cuenta 23 primaveras), apagó los tímidos fuegos que surgían en torno a Casilla.

Cuando el partido pedía la hora, Bale hizo el tercero en una escapada traviesa. Partido tremendamente serio de un Madrid semi "B", pero con un condicionante amplio: su rival. La Real Sociedad es un equipo coqueto que puntuaría el doble si al fútbol se jugase sin porterías. Por ello, y sin restar mérito al notable rendimiento blanco (21 de agosto), habrá que esperar unas cuantas jornadas para confirmar que el nivel del Real Madrid es el de este 0-3.



miércoles, 10 de agosto de 2016

El momento Sergio Ramos

Era una final de campeones en la que ninguno vestía las pieles que les habían servido para convertirse en tales. Ni el Sevilla, transformado a partir de la llegada de un catártico Jorge Sampaoli, ni el Real Madrid, vorazmente afectado por la ristra de bajas que le asolaban, eran los equipos que se habían ganado el derecho a disputarse la Supercopa de Europa.

Fueron los hispalenses los que desde el primer momento buscaron alterar los biorritmos del partido. Inspirados por la voluntad de su nuevo técnico, lanzaron una presión alta desde el minuto cero que trataba de cuestionar el preestablecido dominio que pudiera tener el Madrid. Más aún cuando sus dos jugadores de mayor peso en la zona caliente de circulación, Kroos y Modric, no estaban sobre el césped. Casemiro, excesivamente rígido en esas lides, no tenía capacidad para saltar la traba que proponían los de Nervión.

El partido demandaba la asunción de responsabilidades de Isco, pero su concurso no fue el que el contexto parecía demandarle. Una vez que los de Zidane asumieron que el balón no iba a ser su compañero habitual de viaje en lo que durase la ausencia de Modric, decidieron dar un paso atrás —acentuado tras el soberbio gol de Asensio— y aprovechar la frescura de los hombres de su banda derecha, Carvajal y Vázquez (que no parecían estar en agosto), para probar suerte con espacios. Entre tanto, Iborra y N’Zonzi atascaban el movimiento de pelota del Sevilla, Vietto quedaba perdido entre los centrales blancos y ni Franco Vázquez ni Kiyotake podían recibir a espaldas de la poblada línea de medios que planteaba Zidane. De la misma manera que el Madrid no hizo méritos para adelantarse en el marcador, el “Mudo” rubricó el empate minutos antes del descanso.

El Sevilla salió del vestuario dando un par de pasos adelante y aumentando considerablemente la velocidad a la que movía la pelota, siempre en campo merengue. El Madrid le cedía el balón con gusto, a la par que esperaba que la chispa de sus mirlos le diese réditos en una de las intentonas de aprovechar los latifundios que la defensa sevillista dejaba a su espalda. Asensio y Lucas aprovecharon en sendas ocasiones la nueva posición adelantada de los laterales de Sampaoli.
Mediado el segundo tiempo llegó el carrusel de cambios que redefiniría las aspiraciones de ambos equipos. Konoplyanka entró para jugar en la izquierda, y Benzema y Modric saltaron al terreno de juego para replantear la situación que estaban asumiendo sus compañeros. Para colmo, un gol de los andaluces.

Pero no cambiaron las cosas. El Madrid sufría horrores para crear ocasiones de gol. Igual que el Sevilla, con la salvedad de que a estos no les urgía el marcador como a los blancos. Solo un buen James hacía vislumbrar ciertas esperanzas para los suyos, que veían como los de Sampaoli movían la pelota con brío en sus narices. Una noche más, Sergio Ramos gritó que la esperanza del Real Madrid no muere hasta que lo hace el propio partido. Dictó prórroga.

Parecía que aún se cuestionaba el Sevilla qué le había llevado a no estar levantando el trofeo en juego cuando los de blanco avasallaban la meta defendida por Sergio Rico. Lo hacían con urgencia, como queriendo aprovechar el estado de grogui en el que había quedado sumido su rival, que se quedó al borde del KO con la expulsión de Kolo.


Y la insistencia madridista terminó decantando una balanza que ya había volcado Ramos con su cabezazo en el 93. La victoria de los de Zidane era el único resultado posible tras el tanto del de Camas, y la materializó Carvajal con una portentosa internada por la diestra, impropia de un futbolista que disputa el minuto 119 de una final a nueve de agosto. Título para el Madrid, que arranca la temporada como acabó la anterior: ganando. Esta vez, sin Ronaldo, Bale, Kroos, Pepe ni Keylor Navas.