Era una final de campeones en la que ninguno vestía
las pieles que les habían servido para convertirse en tales. Ni el Sevilla,
transformado a partir de la llegada de un catártico Jorge Sampaoli, ni el Real
Madrid, vorazmente afectado por la ristra de bajas que le asolaban, eran los
equipos que se habían ganado el derecho a disputarse la Supercopa de Europa.
Fueron los hispalenses los que desde el primer
momento buscaron alterar los biorritmos del partido. Inspirados por la voluntad
de su nuevo técnico, lanzaron una presión alta desde el minuto cero que trataba
de cuestionar el preestablecido dominio que pudiera tener el Madrid. Más aún
cuando sus dos jugadores de mayor peso en la zona caliente de circulación,
Kroos y Modric, no estaban sobre el césped. Casemiro, excesivamente rígido en
esas lides, no tenía capacidad para saltar la traba que proponían los de
Nervión.
El partido demandaba la asunción de
responsabilidades de Isco, pero su concurso no fue el que el contexto parecía
demandarle. Una vez que los de Zidane asumieron que el balón no iba a ser su
compañero habitual de viaje en lo que durase la ausencia de Modric, decidieron
dar un paso atrás —acentuado tras el soberbio gol de Asensio— y aprovechar la frescura
de los hombres de su banda derecha, Carvajal y Vázquez (que no parecían estar
en agosto), para probar suerte con espacios. Entre tanto, Iborra y N’Zonzi
atascaban el movimiento de pelota del Sevilla, Vietto quedaba perdido entre los
centrales blancos y ni Franco Vázquez ni Kiyotake podían recibir a espaldas de
la poblada línea de medios que planteaba Zidane. De la misma manera que el
Madrid no hizo méritos para adelantarse en el marcador, el “Mudo” rubricó el
empate minutos antes del descanso.
El Sevilla salió del vestuario dando un par de pasos
adelante y aumentando considerablemente la velocidad a la que movía la pelota,
siempre en campo merengue. El Madrid le cedía el balón con gusto, a la par que
esperaba que la chispa de sus mirlos le diese réditos en una de las intentonas
de aprovechar los latifundios que la defensa sevillista dejaba a su espalda. Asensio
y Lucas aprovecharon en sendas ocasiones la nueva posición adelantada de los
laterales de Sampaoli.
Mediado el segundo tiempo llegó el carrusel de
cambios que redefiniría las aspiraciones de ambos equipos. Konoplyanka entró
para jugar en la izquierda, y Benzema y Modric saltaron al terreno de juego
para replantear la situación que estaban asumiendo sus compañeros. Para colmo,
un gol de los andaluces.
Pero no cambiaron las cosas. El Madrid sufría
horrores para crear ocasiones de gol. Igual que el Sevilla, con la salvedad de
que a estos no les urgía el marcador como a los blancos. Solo un buen James hacía
vislumbrar ciertas esperanzas para los suyos, que veían como los de Sampaoli
movían la pelota con brío en sus narices. Una noche más, Sergio Ramos gritó que
la esperanza del Real Madrid no muere hasta que lo hace el propio partido.
Dictó prórroga.
Parecía que aún se cuestionaba el Sevilla qué le
había llevado a no estar levantando el trofeo en juego cuando los de blanco
avasallaban la meta defendida por Sergio Rico. Lo hacían con urgencia, como
queriendo aprovechar el estado de grogui en el que había quedado sumido su
rival, que se quedó al borde del KO con la expulsión de Kolo.
Y la insistencia madridista terminó decantando una
balanza que ya había volcado Ramos con su cabezazo en el 93. La victoria de
los de Zidane era el único resultado posible tras el tanto del de Camas, y la
materializó Carvajal con una portentosa internada por la diestra, impropia de un
futbolista que disputa el minuto 119 de una final a nueve de agosto. Título
para el Madrid, que arranca la temporada como acabó la anterior: ganando. Esta
vez, sin Ronaldo, Bale, Kroos, Pepe ni Keylor Navas.

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