miércoles, 10 de agosto de 2016

El momento Sergio Ramos

Era una final de campeones en la que ninguno vestía las pieles que les habían servido para convertirse en tales. Ni el Sevilla, transformado a partir de la llegada de un catártico Jorge Sampaoli, ni el Real Madrid, vorazmente afectado por la ristra de bajas que le asolaban, eran los equipos que se habían ganado el derecho a disputarse la Supercopa de Europa.

Fueron los hispalenses los que desde el primer momento buscaron alterar los biorritmos del partido. Inspirados por la voluntad de su nuevo técnico, lanzaron una presión alta desde el minuto cero que trataba de cuestionar el preestablecido dominio que pudiera tener el Madrid. Más aún cuando sus dos jugadores de mayor peso en la zona caliente de circulación, Kroos y Modric, no estaban sobre el césped. Casemiro, excesivamente rígido en esas lides, no tenía capacidad para saltar la traba que proponían los de Nervión.

El partido demandaba la asunción de responsabilidades de Isco, pero su concurso no fue el que el contexto parecía demandarle. Una vez que los de Zidane asumieron que el balón no iba a ser su compañero habitual de viaje en lo que durase la ausencia de Modric, decidieron dar un paso atrás —acentuado tras el soberbio gol de Asensio— y aprovechar la frescura de los hombres de su banda derecha, Carvajal y Vázquez (que no parecían estar en agosto), para probar suerte con espacios. Entre tanto, Iborra y N’Zonzi atascaban el movimiento de pelota del Sevilla, Vietto quedaba perdido entre los centrales blancos y ni Franco Vázquez ni Kiyotake podían recibir a espaldas de la poblada línea de medios que planteaba Zidane. De la misma manera que el Madrid no hizo méritos para adelantarse en el marcador, el “Mudo” rubricó el empate minutos antes del descanso.

El Sevilla salió del vestuario dando un par de pasos adelante y aumentando considerablemente la velocidad a la que movía la pelota, siempre en campo merengue. El Madrid le cedía el balón con gusto, a la par que esperaba que la chispa de sus mirlos le diese réditos en una de las intentonas de aprovechar los latifundios que la defensa sevillista dejaba a su espalda. Asensio y Lucas aprovecharon en sendas ocasiones la nueva posición adelantada de los laterales de Sampaoli.
Mediado el segundo tiempo llegó el carrusel de cambios que redefiniría las aspiraciones de ambos equipos. Konoplyanka entró para jugar en la izquierda, y Benzema y Modric saltaron al terreno de juego para replantear la situación que estaban asumiendo sus compañeros. Para colmo, un gol de los andaluces.

Pero no cambiaron las cosas. El Madrid sufría horrores para crear ocasiones de gol. Igual que el Sevilla, con la salvedad de que a estos no les urgía el marcador como a los blancos. Solo un buen James hacía vislumbrar ciertas esperanzas para los suyos, que veían como los de Sampaoli movían la pelota con brío en sus narices. Una noche más, Sergio Ramos gritó que la esperanza del Real Madrid no muere hasta que lo hace el propio partido. Dictó prórroga.

Parecía que aún se cuestionaba el Sevilla qué le había llevado a no estar levantando el trofeo en juego cuando los de blanco avasallaban la meta defendida por Sergio Rico. Lo hacían con urgencia, como queriendo aprovechar el estado de grogui en el que había quedado sumido su rival, que se quedó al borde del KO con la expulsión de Kolo.


Y la insistencia madridista terminó decantando una balanza que ya había volcado Ramos con su cabezazo en el 93. La victoria de los de Zidane era el único resultado posible tras el tanto del de Camas, y la materializó Carvajal con una portentosa internada por la diestra, impropia de un futbolista que disputa el minuto 119 de una final a nueve de agosto. Título para el Madrid, que arranca la temporada como acabó la anterior: ganando. Esta vez, sin Ronaldo, Bale, Kroos, Pepe ni Keylor Navas.
 

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