Ganaba por un gol a cero el Real Madrid cuando solo
se había jugado minuto y medio de partido.
Y seguramente lo fuese haciendo desde antes de que el árbitro diese la
orden para que el balón comenzase a rodar. En ningún momento fue cuestionable
la victoria de los blancos en feudo donostiarra. Faltó solo que Zidane se
congratulase por los tres puntos en la rueda de prensa previa al encuentro, la
que dio en Valdebebas. Con el Madrid jugando como lo hizo, y ante esta Real Sociedad, solo cabía ganar.
Lo hicieron los de Chamartín sin cinco piezas de su once
titular. Quizá por esto, salieron a Anotea con una
premisa principal. Por delante de tácticas, dibujos o estrategias, Zidane había
tildado a un factor de innegociable: el esfuerzo. Fue visible en todos y cada
uno de los futbolistas del Madrid. Desde los que atravesaron una tarde aciaga
(Ramos, Marcelo), hasta los que llevaron la premisa al paroxismo (Casemiro).
No se imponía el Madrid con la pelota en un partido
en el que no estaban Modric, Isco o Benzema, lo cual no era noticia. La tenía
lo que quería Kroos, que no es poco. Pero la Real Sociedad estaba abajo en el
marcador, así que se animaba, enaltecida por el fervor donostiarra en fiestas,
a presionar arriba. Derivaba esto en muchos metros entre la zaga del equipo
local y su portero, escenario goloso para el nervio de Asensio, los jugueteos
de Bale y el partidazo de Morata. El delantero dejó en la urna zidanesca su
candidatura a suplente de oro, y lo que surja, de la BBC. Junto con el show de
"stopping" de Casemiro en el medio —favorecido por la cadidez de los
de Eusebio—, lo mejor del Madrid.
Los ataques del Madrid eran directos, rápidos y
concisos. La portería como principio y fin, sin entretiempos que valgan. Cuando
no había pelota con la que enebrar acciones de ataque, los de Zidane se
organizaban con una línea de cinco por delante de la defensa, con Bale cerrando
la diestra como si se jugase en el Camp Nou y en lugar de guardar la espalda a
Morata y Asensio, lo hiciese con Benzema y Cristiano. Los tres del medio
formaban una V inamovible, en la que Kovacic solo se descolgó en sus típicas
incursiones cuando el encuentro atravesó una fase de intercambio de golpes al
poco de comenzar el segundo tiempo. El croata, paradigma en su partido de lo
que Zidane pidió a sus chicos, fue prácticamente por vez primera desde que aterrizó en España más jugador de fútbol
que de highlights.
Con 2-0 arriba (sublime toque de clase de Asensio,
alarmante inoperancia de los centrales de Eusebio) el Madrid no tenía ningún
reparo en replegar y seguir esperando a que la chispa casi adolescente de sus
tres atacantes hiciera sangre. Solo Oiarzabal hacía dudar a los blancos cuando
picoteaba entre Ramos y Marcelo. De sus botas nacía todo lo diferencial del
ataque de los de San Sebastián, acompañado en el impás por el buen hacer de un suplente William José. Varane, a un nivel que no se le recordaba (no
deja de ser curioso: apenas cuenta 23 primaveras), apagó los tímidos fuegos que
surgían en torno a Casilla.

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