La Champions League es
una competición extremadamente cruda. Un paso en falso, un fallo de concentración,
y castiga con el mayor de los azotes. Sin clemencia. El Manchester City recibió
varios de estos golpes en las últimas temporadas cuando su exuberante proyecto
estaba aún demasiado verde (si es que en algún momento ha dejado de estarlo). A
base de caer aprendió la lección, y decidió que el que hasta hace nada fuese su
jugador franquicia, Yayá Toure, sería carne de banquillo. El Real Madrid, tras
6 años consecutivos en semifinales, ya tenía este camino andado.
En base a la priorización extrema de la competitividad como colectivo que unas "semis" de Champions exigen,
City y Madrid dejaron un partido falto de pimienta, cuyos primeros 70 minutos
difícilmente levantarían del sillón al espectador neutral.
Los de Zidane
elaboraban con paciencia desde su propia área a pesar de la insistente presión citizien, que liberaba a Pepe y Ramos
(un flan con el balón en los pies) mientras encimaba a la tripleta del
mediocampo merengue. A menudo fue Casemiro el que bajó a recibir cerca de los
centrales, donde su inseguridad en el envío vertical costó más de un susto a
los suyos. Un partido más, la dificultad para distribuir con fluidez la
colocación de Casemiro, Kroos y Modric fue latente, si bien los problemas que ésta
acarrea se vieron mayoritariamente suplantados por las buenas actuaciones
individuales de los centrocampistas. Mención especial al partido del alemán,
que aportó empaque presionando al receptor y marcó siempre el ritmo que el
Madrid necesitaba en cada momento. Después de haber jugado 15 minutos a gran
nivel (del 70 al 85), los blancos bajaron el pistón, curiosamente, tras la
sustitución de Toni Kroos.
El otro problema de
mayor impacto para el Real Madrid fue la ausencia de un receptor entre líneas.
Una vez que la pelota llegaba a los pies de Modric el equipo se asentaba
arriba. El croata levantaba la cabeza y encontraba tanto a Casemiro como a
Kroos en la misma línea de pase. El escalonamiento era inexistente. Tan solo
Bale consiguió ejercer de eslabón en zona de tres cuartos, aunque la buena actuación
de Otamendi y especialmente Kompany lastraran sus generosas intentonas. El
partido pedía a voces a Isco, aunque se entiende su participación testimonial partiendo de la base de que el Madrid priorizase la estabilidad defensiva, en cuanto
a que su productividad atacante era ya suficiente como para
conseguir el gol. No había urgencias que llevasen al técnico madridista a
arriesgar sacando del campo a Vázquez o a Casemiro. El Madrid fue netamente
superior. Solo la presencia de Joe Hart impidió que el Real se llevase una
victoria del Ettihad. Primero Casemiro, y luego Pepe, gozaron de las más claras
del choque, ambas fruto de saques de esquina.
Como era de esperar,
Kevin De Bruyne dejó una actuación acorde a lo que ya es: una estrella que
marca diferencias en cada partido. Fue el único jugador del conjunto dirigido
por Manuel Pellegrini que causó verdadero temor al bloque blanco con sus toques
en las inmediaciones del área. Balones al espacio, veneno en el uno contra uno,
un guante para ponerla a balón parado… El belga fue la pieza que hizo temblar,
por momentos, al sistema defensivo merengue. Apuntado esto, se debe dejar claro
lo siguiente: el Manchester City no gozó de ninguna ocasión de gol que hiciese
peligrar el cero en la portería defendida por Keylor Navas. El Madrid sabe cómo
se compite en la Champions.

