No fue el mejor partido del Real Madrid de Zidane. Pero fue
suficiente, e hizo justicia al nivel de uno y otro equipo. Tras un inicio donde
la calma de la que el francés habló en la previa se vio más como voluntad que
como realidad, el Real Madrid consiguió dos goles que le liberaban del yugo en
forma de presión con el que arrancaban el choque. Más que por juego y
merecimiento propio, encontró estos dos tantos porque cuenta con el mejor entre
los terrícolas. Cristiano Ronaldo es el clavo ardiendo al que su equipo puede
agarrarse para seguir creyendo en esta Champions.
Tras el 2-0 llegó el hastío. El trabajo parecía encarrilado,
y los de Zidane creyeron que, como había hecho con los dos primeros, Cristiano
no tardaría en vaciar el cargador para hacer otro par más. El Madrid, tras
quince minutos iniciales de buena presión tras pérdida en campo rival, reculó
veinte metros hasta apostarse sobre su área. Lejos de encontrar seguridad
frente a las peligrosas contras germanas, sufrió a un Wolfsburgo que bien pudo
hacer el gol que volase todo por los aires.
La circulación de pelota del Real no asustaba. Kroos y
Modric reculaban hasta la base de la jugada para hacer suyo el primer pase,
mientras Casemiro se situaba como si fuese Isco o James, pero con la diferencia
de que no lo hacía para recibir y girar, sino para apartarse de la pelota. Para
no molestar. En el fútbol todo está unido por la misma cuerda: si atacas bien,
estarás mejor situado para hacerlo bien en defensa. Con esta disposición, que
sacaba de su parcela a los 3 centrocampistas blancos, la pérdida tornaba en
problema. Contexto donde, por otra parte, Casemiro luce como el que más. La
duda estriba en si sería necesario un bombero en caso de no haber tantos
fuegos.
A falta de media hora para el final, el Madrid se detuvo y
reflexionó. Hacía falta buscar el gol. No ya solo por elucubraciones
matemáticas en caso de sufrir uno en contra, sino por hacer saber al Wolfsburgo
quién mandaba sobre el verde del Bernabéu. Con un centro del campo que no
acompañaba lo suficiente, la tarea quedaba encomendada a los tres tenores de
arriba. Bale, que sufrió durante todo el partido la escasa influencia de Luka
sobre el sector derecho, redujo su concurso a magistrales salidas de
situaciones en clara inferioridad numérica y posicional, finalizadas casi
siempre con un cambio de orientación. Además, el enérgico Carvajal se encargó
de monopolizar el dominio del carril, y al no asentar el Madrid los ataques arriba,
el galés no llegaba a acompañar a su lateral. Benzema, que fue el mejor, pasó
demasiado tiempo pegado a la izquierda. Inquieta pensar en el daño que podría
haber hecho de haber participado más entre Dante y Naldo.
Y luego está Cristiano. El astro portugués, que cuajó un
partido discreto, cogió el guion de la eliminatoria para reescribirlo a su
antojo, anotando un triplete histórico que lo sitúa con dieciséis irreales
goles tras diez partidos disputados. Su más cercano competidor, Suárez, lleva
ocho.
Tras una irregular temporada, el Real Madrid está, por sexto
año consecutivo, entre los cuatro mejores equipos de Europa. Bien haría en
mirar su hazaña con un poco de perspectiva. No hace mucho, los octavos de final
eran una maldición, y jugar frente al Olympique de Lyon o la Roma, motivo
suficiente para echarse a temblar y temer lo peor. Cristiano ha dado la vuelta
a esto como lo que es. Un número uno, empequeñecido por la figura de algo que
no debería tener comparación. Y aun así la tiene.
No hay comentarios:
Publicar un comentario