lunes, 10 de octubre de 2016

Isco y Kroos en el Madrid de los centros

El Real Madrid volvió a empatar en un partido en el que siempre pareció jugar a contrarreloj. Las posesiones blancas sufren el bajo nivel técnico que hoy lucen Ronaldo y Benzema, incrementado el daño por las ausencias de Modric y Marcelo, y fían sus ataques a un frenesí que no hace bien a ninguno de sus futbolistas. La necesidad imperiosa de sumar un triunfo tras encadenar tres empates y el verse perdiendo cuando el partido recién arrancaba fueron los factores que ahondaron en la herida de los de Zidane, que empataron ante un soberbio Eibar, muy consciente de los aspectos que lastran al actual campeón de Europa.

Como si el propósito de la tarde no fuera de la suficiente enjundia tras la terna de resbalones amarillentos, el Eibar quiso añadir un extra de pimienta cuando el Bernabéu aún no había logrado salir del trance siestero al que evocaba la hora del envite. El Real Madrid, recién desperezado cuando cayó en la cuenta de que ya estaba uno abajo, requirió de apenas unos minutos, los que lleva asimilar el café de la sobremesa, para terminar de sacarse las legañas y comenzar a defender el liderato.

El Madrid comandaba una posesión que a la postre resultaba inocua, pues los de Mendilibar se organizaban con comodidad sobre su propia mitad con una conexa línea de cinco en el medio que dificultaba las combinaciones interiores de los blancos. El balón llegaba con facilidad a Carvajal y Danilo, que levantaban la cabeza para ver que progresar mediante el pase nunca era una opción: Ronaldo y Bale cargaban área y todo el ataque merengue se reducía a un centro sin ventajas o a dar un pase atrás para seguir moviendo la estructura armera. Allí emergió Isco, el único capaz de rescatar a su equipo de reincidir en el centro sistemático que viene restando potencial a su contrastada ofensiva. Tampoco encontraba situaciones favorables el cuadro de Zidane tras robo, puesto que el Eibar, ordenándose de la mano de un magnífico Dani García y ganando metros gracias al poderío de Ander Capa, aprovechaba la laxitud de la defensa posicional local para quitar vueltas al partido y dormir el ímpetu madridista. Solo Bale y Ronaldo lograron agitar cuando recibieron volcados sobre la cal.

Zidane ajustó al descanso con Morata donde el invisible Benzema. La medida no tardó en hacerse notar. El madrileño añadió la profundidad que antes no había, permitiendo que Bale se clavase en la derecha y metiese el miedo en el cuerpo a los vascos. Compensó también el canterano los movimientos fuera-dentro de Ronaldo, lo cual instauró un segundo foco de peligro en el área visitante que llevaba el gol de una utopía a una realidad factible. No obstante, el Madrid seguía sin saber escurrirse los sesos cuando la situación lo requería. Ante la obligación de ordenar sus piezas cuando el espacio no estaba ahí, las neuronas blancas colapsaban y veían el balón al área como única salida posible. Incluso Kroos, habitual hombre frío incluso en la olla más caldeada, sucumbió al mal endémico de los de Zidane. Que Kovacic fuera el mayor protagonista de un centro del campo compartido con el alemán e Isco define la falta de jerarquía y poso del ataque del Real Madrid, inmiscuido en un ambiente viciado por la ansiedad autoimpuesta de un vestuario que no se reconoce a sí mismo. 

El guión de Tuchel y Zidane

Insistió Zidane con el recurrente sistema del mediapunta que empleó en dos de los últimos tres partidos de liga. Esta vez le tocó a James actuar como tal, pero su concurso tenía un sentido que no se le había encontrado en los anteriores envites. El colombiano, además de ser un conector inmediato para enlazar con la BBC en las contras blancas (el principal recurso del Real Madrid ayer en el Westfalenstadion), actuó como sombra del constante Weigl, origen de cada una de las construcciones amarillas.

El Madrid cedió sin miramientos la pelota a los locales, conscientes de que mientras Ronaldo y Benzema no realcen el vuelo será complicado recuperar unos mecanismos óptimos con posesión (a pesar de no estar aún a pleno rendimiento, sería injusto no decir que Cristiano jugó un buen partido de fútbol). Servía también la medida para explotar la ternura de la zaga germana, huérfana de patriarca tras la marcha de Hummels. Adquiría así el plan de Tuchel todo el sentido del que carecería de gozar los delanteros merengues de un pico de forma óptimo.

El revoloteo de los mediapuntas locales a la espalda de la línea medular que comandaban Kroos y Modric fue el mayor problema para los de Zidane, que vivieron el primer tiempo instalados sobre su parcela. Götze apareció con reiteración para sacar de sitio a Varane y Ramos, que dejaban un espacio que Aubameyang  o el fabuloso Dembélé atacaban con ahínco. Precisamente el francés, un demonio que regatea con la facilidad con la que sus compañeros la pasan a un lado, fue la vía de escape de la que los amarillos echaban mano cuando ninguna puerta se abría.

Una de las transiciones del Madrid y un fallo grosero de Keylor Navas significaron el empate a uno al descanso, en el que el Madrid respiró hondo y tomó consciencia de hacia donde debía conducir el choque. Con la pelota sus centrales dieron un paso atrás para hacer grande el campo y generar espacio a Kroos-Modric, que la tocaron con más continuidad que en el primer tiempo e hicieron sudar al conjunto teutón. Para dar continuidad al cambio en el plan blanco, Zidane dio entrada a Kovacic y recuperó el 4-3-3 habitual. Fueron los mejores minutos del Real Madrid en Dortmund, de los que nació el 1-2 que les ponía todo de cara.

Pero este BVB no es un proyecto cualquiera. Además de (mucha) calidad, proyección y un sistema al que agarrarse, cuentan con Thomas Tuchel, técnico cuya personalidad eclipsa a cuanto le rodea para terminar trascendiendo como el mejor de los futbolistas. Puso a Schürrle y dos niños, Pulisic y Emre Mor, para girar el campo y embotellar al Madrid sobre su área. Lo hicieron y, si bien el conjunto blanco pudo sentenciar al contragolpe, les sirvió para terminar empatando un partido en el que obligaron al vigente campeón a amoldarse a su dictamen. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Cal y arena en el Bernabéu

Formaba la BBC y eso lo cambia todo.  No tanto por el nivel de la tripleta atacante, que había demostrado en los últimos partidos que su momento de forma no es el idóneo, sino por lo que implica que Benzema, Bale y Ronaldo estén sobre el campo. Por el Villareal porque sacó a un delantero del once para sumar un efectivo más en el centro, formando un triángulo con Bruno, Trigueros y Dos Santos. Además, la actitud de los castellonenses distó mucho de la que habían tenido los últimos dos rivales de los blancos. Escribá replegó sobre su campo y respiró con la pelota cuando le tocaba tenerla, lo cual no impidió que diese mucho sentido a sus pausadas circulaciones, impulsadas siempre por el pedazo de mediocentro que es Bruno Soriano. Y por el Madrid, porque salió fiando todo a que resolvieran los de arriba, restando importancia a pases básicos y con un porcentaje de imprecisiones no forzadas impropio de un partido de estas características.

El líder de la Liga se asentaba sin problemas sobre la mitad defendida por el Villareal, cuyo futbolistas más adelantado (Sansone) no rebasaba la altura de la pelota cuando los locales la movían en la base. Sin Modric, Kroos mandaba pero las continuaciones que iba encontrando no ofrecían soluciones creativas a la pesada posesión blanca, que si no moría por falta de fluidez en el juego lo hacía por lagunas mentales. Los de Escribá fueron fríos en su planteamiento y no radicalizaron sus intenciones en pos de aprovechar el bajo nivel madridista. Siguieron firmando un partido muy calculado, en el que las ocasiones acabaron cayendo por el simple hecho de que estaban siendo muy superiores a su rival. Así llegó un penalti, como podía haber llegado cualquier otra eventualidad propicia para sumar un gol al contador amarillo, que puso por delante al Villareal al filo del descanso.

Todo esto cambió nada más comenzar la segunda parte. El Real Madrid, expiado de su pereza como si Zidane hubiese oficiado una suerte de exorcismo en forma de charla en el tiempo de descanso, entró a los segundos cuarenta y cinco minutos como si solo fuesen a disputarse diez, mostrando esa versión casi mística que aplasta sin miramientos a sus rivales contra su propia portería. Lo sufrió el Villareal, amansado por el fuste de Ramos y Varane, que volvieron a ser Ramos y Varane después de un primer tiempo de estrépito, y ejecutado por la batuta del más voluntarioso y mejor James de los últimos meses.

Hizo la igualada Ramos a la salida de un córner, en lo que fue la enésima prueba de que el sevillano es el mejor guionista de partidos de la historia reciente: había cometido mano en la acción que propició el penalti del 0-1. El Real siguió empujando con ahínco y mejor fútbol, aunque el paso de los minutos hizo que las pulsaciones bajasen para luego volver a repuntar en el tramo final. Repitió Zidane con el combo Lucas-Morata en los cambios, y aunque se hicieron notar, fueron insuficientes para derribar la muralla que edificó Sergio Asenjo sobre su área. Si el centro fue el recurso por excelencia de los blancos, la salida o la atajada del meta español fue la réplica más recurrente. No pudo consolidarse la épica en forma de más goles y el Villareal puso el punto final a una racha triunfal que el Madrid buscará retomar el próximo sábado en Las Palmas. 

James embiste, Isco asienta

La inclusión de James Rodríguez en lugar de Kroos desembocó en una novedad sustancial en la formación del Real Madrid. El colombiano formó como mediapunta, con lo que el centro del campo que habitualmente es de tres pasó a ser una especie de doble pivote compuesto por Casemiro y un Luka Modric que levitaba en su órbita. La medida podía suscitar dudas en torno a la ocupación de los espacios en fase defensiva, pero los voluntariosos Lucas y Asensio compensaron con disciplina.

La lesión de Casemiro a los veinte minutos de partido, con el consecuente ingreso de Kroos al partido, no tuvo consecuencias palpables sobre planteamiento inicial. Sí recibió el plus que implica que el alemán sea el encargado de gestionar las posesiones blancas. El problema estaba en que el Madrid no la tenía, lo que dejaba en estéril el cambio de piezas en el centro del campo. El Espanyol no suscitaba especial peligro cuando la movía, pero sí lo hacía cuando la perdía mediante una presión que embarraba la transición limpia del Madrid. Pasada la media hora de encuentro, Asensio, Lucas y Benzema no habían podido dejar constancia de su presencia.

Pero entonces comenzaron a intervenir con continuidad y acierto la pareja de maquinistas del Madrid, que pareció caer en la cuenta de que sin Casemiro y con James por delante había más espacio para moverse y más opciones para avanzar. Fueron ellos los que, pasito a pasito, dieron la vuelta al calcetín, con la ayuda de un Ramos que pasó a ejercer “de Casemiro”.

Con la pelota instalada en la mitad local, los atacantes del conjunto merengue comenzaron a intervenir de manera constante. Uno de ellos era James, que en una recepción en las inmediaciones del área perica, se zafó de Diop con un caño aparatoso e hizo un gol que no estaba ahí. Va con el concurso del “10” del Madrid: produce goles con una facilidad pasmosa, indigna para un centrocampista.

El Real coqueteaba con la pelota cuando la tenía, y dejaba la sensación de que el segundo era cuestión de querer. Las pérdidas eran más por demérito propio que por buen hacer de los de Sánchez Flores, pero la escasez del botín que atesoraban los visitantes urgían a Zidane a tomar alguna decisión. Metió a Isco por James y la calidad de la posesión mejoró con la constancia en las intervenciones del malagueño. En sus botas se originó la jugada del 0-2, en la que Lucas asistió con precisión la entrada al primer palo de Benzema. La posición más retrasada de Isco, que devolvió al Madrid al 4-3-3, propició que el Espanyol tuviese serias dificultades para sumar segundos con la pelota. Los aglutinó todos el Madrid, que durmió el encuentro hasta que dejó de respirar.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Turbulenta épica

A falta del regreso de Keylor Navas, el Real Madrid afrontaba el primer partido de la Champions League 2016-2017 con su once de gala al completo, BBC incluida. La conjetura vislumbraba ciertos visos de toma de contacto, pues Ronaldo y Benzema están aún lejos de su mejor forma. A pesar de ello, Zidane optó por poner en liza a “su” once. En la Champions no hay momento para las conjeturas. La “Undécima” no será para el francés motivo de acomodamiento o exceso de confianza, sabedor él del peligro que puede acarrear un título de este calibre en la mentalidad del futbolista.
Jorge Jesús es un perro viejo curtido en mil y una batallas, y como tal, atacó de manera frontal a la habitual vía de dominio blanca. Situó una línea de cinco en el centro, con Bruno César sobre Kroos y Adrien Silva con Modric, dejando a William Carvalho como coche escoba por detrás. Los minutos iniciales fueron rugosos para los blancos, tanto por la firmeza de la propuesta lisboeta como por la soltura con que manejaron sus no escasas fases con balón. Mención especial merece el partido de Gelson Martins, que volvió loco a Marcelo y a quién osó salir a su paso.
Casemiro, al que en ocasiones salía a tapar Carvalho, era incapaz de romper esa muralla de cinco que los visitantes habían plantado en la medular, y los laterales estaban capados por el marcaje al que les sometían sus pares lusos, por lo que no podían recibir pero tampoco ganaban altura para dar espacio a Kroos y Modric. Con el cacao que había montado, el Madrid se conformaba con aceptar su papel pasivo, confiando en su poderío defensivo y esperando poder aprovechar los espacios cuando la pelota volvía a su poder.
Con Bale defendiendo su propia área y Benzema y Ronaldo sin tino para enlazar alguna salida hacia la meta de Rui Patricio, el Madrid vivió anclado sobre su propio campo durante la mayor parte del primer tiempo. Al Sporting solo le faltó creérselo para crear auténticas ocasiones de gol: cuando coqueteaban en la frontal, priorizaron chutar sin buscar una situación más ventajosa.
Y fue con un balón rebotado como dieron con la idónea. Le cayó al comienzo del segundo tiempo a Bruno César, y replicó en el marcador la diferencia que había sobre el verde. Apenas sirvió para agitar el ánimo merengue, que no el juego. Ese no varió hasta que Morata y Lucas sustituyeron a Benzema y Bale. Los españoles aportaron otro aire a un ataque demasiado lastrado por el bajo nivel de Ronaldo, que ni en sus peores tardes renuncia a su particular cuota de protagonismo, y que siguió en el partido, simple y llanamente, porque se le caen los goles de los bolsillos.
Lo certificó solo unos minutos después con un tremendo golazo de falta, que dejó los minutos finales para el típico asedio merengue en noches europeas de este calado. El historial madridista en este tipo de situaciones pedía algo más, y pese a que el fútbol no se lo iba a dar, sí lo hizo la mística: con el tiempo prácticamente cumplido, James la colgó desde la izquierda para que Morata cabecease el balón que daría la victoria al Real Madrid en una de sus noches más negras.

martes, 13 de septiembre de 2016

A la espalda de Osasuna

Cuando el calor y un resbalón de Modric eran la única incomodidad en lo que parecía una plácida tarde para los blancos en su feudo, llegó Ronaldo y sumó el primer palito a su particular cuenta anotadora de esta nueva campaña a la que se acaba de incorporar. Llegó por medio de un balón a la espalda de la defensa de Osasuna, con un exceso de ingenuidad ante la ruptura de todo un Gareth Bale, que permitió a Ronaldo hacer los honores.


Los de Enrique Martín buscaron poblar la zona media adelantando a la zaga y sosteniendo a sus tres centrocampistas, construyendo así un armazón que dificultaba la circulación interior local pero que dejaba desguarnecido el espacio entre sus centrales y Nauzet. Lo aprovechó el Madrid en el gol de Cristiano y pudo repetir en sendos envíos de sus especialistas. El Madrid potenció la eventualidad retrasando la posición de sus interiores, de manera que se generase espacio para sus tres lanzas de arriba y así alguno de sus especialistas pudiese soltar el envío largo. Fue el parque que tapó un mediocre primer tiempo del Madrid.
Osasuna logró crear alguna ocasión gracias al toque de Miguel de las Cuevas, especialmente punzante en la pelota parada. Entre tanto, el Madrid no necesitaba de grandes esfuerzos para plantarse en el área de los pamplonicas dado lo favorable del contexto para sus intereses: se marchó al descanso con un 0 a 3 obtenido casi por inercia.
Aunque también tiene algo de culpa la gestión del balón parado que está acometiendo Zidane. De la pizarra del francés salieron tanto el tercero como el cuarto, ambos en saques de esquina botados por Kroos. Si bien es cierto que el alemán, junto a la amalgama de rematadores imponentes de la que presume el club de Concha Espina, supone un argumento de considerable peso a la hora de valorar la productividad de este aspecto en el global del Real Madrid, no se puede obviar el trabajo de optimización que ha abordado el francés desde su llegada al banquillo.
La última media hora dejó, además de los primeros minutos en la temporada de Benzema, un gol de categoría de Modric, un penalti atajado por Casilla y dos tantos de cabeza de Osasuna, que aprovechó la laxitud de los minutos restantes para frecuentar el feudo contrario.

sábado, 27 de agosto de 2016

Tres puntos para capear el temporal

Hizo Zidane un intercambio entre genio y aspirante croata en el once respecto al que puso en liza en el envite de Anoeta. En el resto, más de lo mismo: “Casemirosistema”, recambios a la espera de la primera línea, y Asensio sumando créditos a ritmo de graduado en un solo curso. James, en una onda aparte, sigue ojeando el catálogo de ofertas que le ofrece esta suerte de universidad llamada fútbol.

El Celta llegaba con resquemor. Y encima, al Bernabéu. Hace solo una semana el honroso Leganés había destapado todas las vergüenzas de los de Berizzo. La solución: Aspas y Sisto fuera, uno más al medio, y a ensuciar una calurosa tarde en la Castellana. El “Tucu”, en los minutos iniciales, daba la razón al técnico argentino.

Los ayer azulones trataron, cuando no tenían la pelota, de precipitar a los blancos cuando ellos la movían. Solo Morata arriba lograba dar aire a los inocuos ataques del Madrid. Con balón, los de Vigo dormían el tiempo en un intento de precipitar la presión local. En ambas situaciones, el camino que trazaban hacia el gol era el mismo: salida fugaz con Bongonda aprovechando el agujero en el lateral y Guidetti y Wass cargando el área.

El Madrid sabía que tanto ganar como perder estaba en su mano. La presión del Celta obligaba a no bajar la guardia, y a la espera de que Modric y Kroos comenzasen a imponer su sino, los de Zidane se daban a la verticalidad.

El uno por uno que proponían los gallegos estaba creando verdaderas dificultades a la falta de acierto en el gesto técnico de los blancos, que siguen adoleciendo del mismo déficit de estructura colectiva con pelota que solucione tesituras como ésta en los días más grises. Solo Modric lograba girar al Celta cuando le daba por agitar su varita.

El primer gol llegó en una presión sobre la reposada salida del Celta, que seguía poniendo la zanahoria delante a los de Zidane para que rompiesen líneas en manada. Cuando el partido parecía cuesta abajo para el Madrid, que iba a ver como todas sus dificultades se desvanecían de golpe por la incompatibilidad del plan vigués con el marcador, Orellana hizo un gran gol que devolvía el encuentro a donde estaba.

James y Lucas entraron donde Asensio y Modric, sin ritmo para más. La velocidad del partido se endiablaba cada vez que el Madrid la tenía, mientras el Celta seguía tratando de echar el ancla. Bale y Marcelo estaban fuera y James seguía buscándose, así que Zidane metió la directa metiendo a Mariano. Si no se podía construir un camino, al menos había que acortarlo.

Terminó llegando el dos a uno en una jugada a trompicones, en la que James la perdió y la recuperó en cuestión de dos segundos, Lucas se paró, y vio a al panzer Kroos llegando solo a la frontal. A partir de ahí, un lanzamiento de bolera: rodadita, con la curva justa, y al palo. Strike.


No fue ni mucho menos un partido en el que el Madrid luciera. Más bien lo contrario. No obstante, dada la cuantía de las bajas, así como el nivel de forma de varios de sus jugadores importantes (Marcelo, Modric, Bale), ganar sigue siendo el mejor valor que este equipo puede presentar. A partir de ahí, si los resultados le siguen acompañando, llegarán los futbolistas, los picos de forma, y su nivel. 

lunes, 22 de agosto de 2016

El esfuerzo como sistema

Ganaba por un gol a cero el Real Madrid cuando solo se había jugado minuto y medio de partido.  Y seguramente lo fuese haciendo desde antes de que el árbitro diese la orden para que el balón comenzase a rodar. En ningún momento fue cuestionable la victoria de los blancos en feudo donostiarra. Faltó solo que Zidane se congratulase por los tres puntos en la rueda de prensa previa al encuentro, la que dio en Valdebebas. Con el Madrid jugando como lo hizo, y ante esta Real Sociedad, solo cabía ganar.

Lo hicieron los de Chamartín sin cinco piezas de su once titular. Quizá por esto, salieron a Anotea con una premisa principal. Por delante de tácticas, dibujos o estrategias, Zidane había tildado a un factor de innegociable: el esfuerzo. Fue visible en todos y cada uno de los futbolistas del Madrid. Desde los que atravesaron una tarde aciaga (Ramos, Marcelo), hasta los que llevaron la premisa al paroxismo (Casemiro).

No se imponía el Madrid con la pelota en un partido en el que no estaban Modric, Isco o Benzema, lo cual no era noticia. La tenía lo que quería Kroos, que no es poco. Pero la Real Sociedad estaba abajo en el marcador, así que se animaba, enaltecida por el fervor donostiarra en fiestas, a presionar arriba. Derivaba esto en muchos metros entre la zaga del equipo local y su portero, escenario goloso para el nervio de Asensio, los jugueteos de Bale y el partidazo de Morata. El delantero dejó en la urna zidanesca su candidatura a suplente de oro, y lo que surja, de la BBC. Junto con el show de "stopping" de Casemiro en el medio —favorecido por la cadidez de los de Eusebio—, lo mejor del Madrid. 

Los ataques del Madrid eran directos, rápidos y concisos. La portería como principio y fin, sin entretiempos que valgan. Cuando no había pelota con la que enebrar acciones de ataque, los de Zidane se organizaban con una línea de cinco por delante de la defensa, con Bale cerrando la diestra como si se jugase en el Camp Nou y en lugar de guardar la espalda a Morata y Asensio, lo hiciese con Benzema y Cristiano. Los tres del medio formaban una V inamovible, en la que Kovacic solo se descolgó en sus típicas incursiones cuando el encuentro atravesó una fase de intercambio de golpes al poco de comenzar el segundo tiempo. El croata, paradigma en su partido de lo que Zidane pidió a sus chicos, fue prácticamente por vez primera desde que aterrizó en España más jugador de fútbol que de highlights.

Con 2-0 arriba (sublime toque de clase de Asensio, alarmante inoperancia de los centrales de Eusebio) el Madrid no tenía ningún reparo en replegar y seguir esperando a que la chispa casi adolescente de sus tres atacantes hiciera sangre. Solo Oiarzabal hacía dudar a los blancos cuando picoteaba entre Ramos y Marcelo. De sus botas nacía todo lo diferencial del ataque de los de San Sebastián, acompañado en el impás por el buen hacer de un suplente William José. Varane, a un nivel que no se le recordaba (no deja de ser curioso: apenas cuenta 23 primaveras), apagó los tímidos fuegos que surgían en torno a Casilla.

Cuando el partido pedía la hora, Bale hizo el tercero en una escapada traviesa. Partido tremendamente serio de un Madrid semi "B", pero con un condicionante amplio: su rival. La Real Sociedad es un equipo coqueto que puntuaría el doble si al fútbol se jugase sin porterías. Por ello, y sin restar mérito al notable rendimiento blanco (21 de agosto), habrá que esperar unas cuantas jornadas para confirmar que el nivel del Real Madrid es el de este 0-3.



miércoles, 10 de agosto de 2016

El momento Sergio Ramos

Era una final de campeones en la que ninguno vestía las pieles que les habían servido para convertirse en tales. Ni el Sevilla, transformado a partir de la llegada de un catártico Jorge Sampaoli, ni el Real Madrid, vorazmente afectado por la ristra de bajas que le asolaban, eran los equipos que se habían ganado el derecho a disputarse la Supercopa de Europa.

Fueron los hispalenses los que desde el primer momento buscaron alterar los biorritmos del partido. Inspirados por la voluntad de su nuevo técnico, lanzaron una presión alta desde el minuto cero que trataba de cuestionar el preestablecido dominio que pudiera tener el Madrid. Más aún cuando sus dos jugadores de mayor peso en la zona caliente de circulación, Kroos y Modric, no estaban sobre el césped. Casemiro, excesivamente rígido en esas lides, no tenía capacidad para saltar la traba que proponían los de Nervión.

El partido demandaba la asunción de responsabilidades de Isco, pero su concurso no fue el que el contexto parecía demandarle. Una vez que los de Zidane asumieron que el balón no iba a ser su compañero habitual de viaje en lo que durase la ausencia de Modric, decidieron dar un paso atrás —acentuado tras el soberbio gol de Asensio— y aprovechar la frescura de los hombres de su banda derecha, Carvajal y Vázquez (que no parecían estar en agosto), para probar suerte con espacios. Entre tanto, Iborra y N’Zonzi atascaban el movimiento de pelota del Sevilla, Vietto quedaba perdido entre los centrales blancos y ni Franco Vázquez ni Kiyotake podían recibir a espaldas de la poblada línea de medios que planteaba Zidane. De la misma manera que el Madrid no hizo méritos para adelantarse en el marcador, el “Mudo” rubricó el empate minutos antes del descanso.

El Sevilla salió del vestuario dando un par de pasos adelante y aumentando considerablemente la velocidad a la que movía la pelota, siempre en campo merengue. El Madrid le cedía el balón con gusto, a la par que esperaba que la chispa de sus mirlos le diese réditos en una de las intentonas de aprovechar los latifundios que la defensa sevillista dejaba a su espalda. Asensio y Lucas aprovecharon en sendas ocasiones la nueva posición adelantada de los laterales de Sampaoli.
Mediado el segundo tiempo llegó el carrusel de cambios que redefiniría las aspiraciones de ambos equipos. Konoplyanka entró para jugar en la izquierda, y Benzema y Modric saltaron al terreno de juego para replantear la situación que estaban asumiendo sus compañeros. Para colmo, un gol de los andaluces.

Pero no cambiaron las cosas. El Madrid sufría horrores para crear ocasiones de gol. Igual que el Sevilla, con la salvedad de que a estos no les urgía el marcador como a los blancos. Solo un buen James hacía vislumbrar ciertas esperanzas para los suyos, que veían como los de Sampaoli movían la pelota con brío en sus narices. Una noche más, Sergio Ramos gritó que la esperanza del Real Madrid no muere hasta que lo hace el propio partido. Dictó prórroga.

Parecía que aún se cuestionaba el Sevilla qué le había llevado a no estar levantando el trofeo en juego cuando los de blanco avasallaban la meta defendida por Sergio Rico. Lo hacían con urgencia, como queriendo aprovechar el estado de grogui en el que había quedado sumido su rival, que se quedó al borde del KO con la expulsión de Kolo.


Y la insistencia madridista terminó decantando una balanza que ya había volcado Ramos con su cabezazo en el 93. La victoria de los de Zidane era el único resultado posible tras el tanto del de Camas, y la materializó Carvajal con una portentosa internada por la diestra, impropia de un futbolista que disputa el minuto 119 de una final a nueve de agosto. Título para el Madrid, que arranca la temporada como acabó la anterior: ganando. Esta vez, sin Ronaldo, Bale, Kroos, Pepe ni Keylor Navas.
 

domingo, 29 de mayo de 2016

Un amor correspondido

Es su competición. Él la adora y ella no puede hacer más que corresponderle. Solo así se explica la mística mediante la cual su adversario estrella en la madera dos penaltis que volteaban el desenlace de la final de Milán. El Real Madrid es otro equipo cuando a sus oídos llega la melodía de la Champions League. Es su pócima secreta, el motivo por el cual cada noche de competición europea el Madrid viste sus mejores galas y se transforma en el monstruo que nadie quiere conocer.

Y sus jugadores lo saben. Especialmente representativo es el caso de su capitán, Sergio Ramos, que tras una temporada de constante zozobra, decidió no ya agarrar el toro por los cuernos, sino cabalgar a lomos del mismo para terminar el curso investido como santo y seña de la undécima Copa de Europa del club de Concha Espina. Su gol, cumplido el cuarto de hora de partido, escenifica la idiosincrasia del que estaba llamado a conseguirlo. Para el Atlético de Madrid supuso revivir de golpe el que fuera uno de los sucesos que mayor marca han dejado grabada en su piel.

Los veinticinco primeros minutos de encuentro parecían todo un sueño para los blancos. Tras uno de los años más convulsos en su historia reciente, estaban sometiendo con una personalidad apabullante al indiscutible verdugo de Messi y Guardiola. Mentalidad ganadora, mucho poso y una calidad individual que supera lo imaginable como ingredientes para desarbolar la energética presión que proponía el Cholo Simeone.  El habitual problema en la colocación de Casemiro, Kroos y Modric no tuvo solución, pero la supremacía del alemán construyendo y el esfuerzo extra del balcánico sobre el sector diestro de la base de la jugada permitieron a su equipo tener la estructura de salida que la pizarra de Zidane no había conseguido construir.

Una vez mencionado, es imposible obviar el nombre de Casemiro. El brasileño jugó, simple y llanamente, el partido perfecto con el que cualquier entrenador sueña cuando alinea a un pivote defensivo de sus características. Visto con perspectiva, cuesta concebir lo visto sobre el césped de San Siro como la evolución hasta el nivel real del jugador carioca: la temporización a la hora de meter el pie, el dar prioridad al espacio frente al balón, una colocación —que no unas piernas— que le permitió estar siempre donde se le necesitaba. Son cualidades de las que adolecía durante toda la temporada, si bien ayer pareció haber asimilado todas ellas de sopetón. Solo el tiempo dirá si la final de la Champions del año 2016 supuso el nacimiento de un mediocentro que marca verdaderas diferencias sin balón en la competición más importante del mundo.

El paso de los minutos llevó la iniciativa al conjunto que vestía de rojo y blanco, que decidió que era el momento de adelantar líneas, soltar a Koke y Saúl por dentro y subir a sus laterales. Fue la confirmación del valiosísimo papel de Zidane con estos jugadores, dibujada en el repliegue de Ronaldo y Bale a la altura del trío de centrocampistas, evitando así que las recepciones de Juanfran y Filipe Luis se dieran en superioridad.

Salió el Atleti con otra cara de los vestuarios, arengados por un Simeone consciente de la ansiedad que el paso de los minutos, poco acostumbrado el Atleti a remar con el marcador en contra, podía tener en los suyos. Por si la charla hubiera sido insuficiente, el argentino envió un mensaje claro y conciso: Carrasco por Augusto. Llegaron entonces el penalti errado por Griezmann (fallo de Pepe mediante) y una sucesión de acercamientos que terminaron por aplastar en exceso a los blancos contra su propia área.

Si bien es cierto que el Madrid parecía no estar del todo incómodo con el partido que se estaba dando, pues en cualquier momento podía encontrar una vía por la que lanzar al excelso Bale en una carrera hacia el 2-0, Zidane resolvió que su Madrid no estaba concebido para esto, así que introdujo al jugador que mayor cuota de balón acumula cuando está sobre el verde: Isco. Lo extraño fue que la sustitución implicase retirar al que más veces la toca, Toni Kroos, que además estaba jugando un partidazo, superior en todas las facetas al del pequeño genio croata. Solo cinco minutos después, en el 75, el técnico galo introdujo su cambio ganador con el marcador a favor con la intención de ayudar a un tembloroso Danilo, ampliamente superado por Ferreira Carrasco: Lucas Vázquez por Benzema. En el 78, fue el propio belga el que culminaba un jugadón del Atlético para mandar el partido a la prórroga. Lisboa emergía como un recuerdo que, por primera vez en dos años, el Real Madrid no quería tener en mente.

Y en el tiempo extra, dos figuras se elevaron por encima de todas las demás, como queriendo decir a los suyos que ellos eran el Madrid, que estaban jugando la final de la Champions League, y que no había rival ni justicia poética suficiente que pudiese privarlos de alzar su undécimo trofeo. Casemiro e Isco empujaron a los suyos a creer en la victoria. El primero abarcaba tal cantidad de terreno que parecía haber entrado al campo en el minuto 90. Ganaba todos los choques, su figura era omnipresente. Con él, no había pérdida madridista que pudiese significar un problema para Keylor Navas. El segundo decidió agarrar la pelota, tocar y moverse hasta hacer suyo el partido. La personalidad del malagueño es un valor incalculable para los suyos cuando la adversidad llama a la puerta. Con Bale cojo, Modric tieso y Marcelo caminando, fue el hombre que agigantó el escudo que la camiseta blanca luce sobre el pecho.


Los penaltis fueron la confirmación de lo que Sergio Ramos conocía antes de que Clattenburg pitase a las 20:45. Él y los suyos solo debían dejarse guiar. La competición que el Real Madrid levantase ayer por decimoprimera vez haría el resto. Y así fue.

  

viernes, 27 de mayo de 2016

Una venganza y el rey de la selva

Fue en Lisboa donde esta final comenzó. El 24 de mayo de 2014, el Estadio da Luz presenciaría el choque que sirve hoy como evidencia de la concepción mental con la que Club Atlético de Madrid y Real Madrid Club de Fútbol afrontan el partido de la noche del 28 de mayo de 2016. Los del Manzanares llevan aún colgada la lanza que aquel fatídico minuto les clavara en el pecho. Con la herida abierta, afrontan el choque como una catarsis simbólica, encontrando en el mismo la oportunidad dorada por la que parecían haber clamado al cielo desde el preciso momento en que su vecino levantara la orejona hace solo dos años. “Sed de venganza” se define con lo que el Atleti atesora de cara a este partido. Los blancos, calmada su ansiedad por medio de la mitificada Décima, aterrizan en territorio lombardo con Sergio Ramos, el héroe de aquella machada, presidiendo filas. Sus compañeros siguen su estela con la confianza que da el saber que si ya contaron con el favor de los dioses del caprichoso destino en una ocasión, raro sería que estos, en 734 días, hubieran cambiado de equipo.

El devenir del encuentro tiene su hoja de ruta en dos decisiones. La primera, la que corresponde al Cholo Simeone: ¿presionará el Atlético la salida blanca desde el inicio, o por el contrario presentará un bloque medio-bajo con el que hacerse fuerte en su área y esperar el gol que les dé el partido? La segunda, para Zidane: ¿será Casemiro el tercer centrocampista, o tendrá continuidad la titularidad de Isco, como ya sucediese en la vuelta ante el City?

La premisa sobre la que debe partirse es que el Real Madrid, cuando ha tenido la pelota (y mañana la tendrá), ha sufrido si se le ha buscado en su campo. En base a esto, y especialmente a los últimos encuentros entre uno y otro equipo, lo lógico sería ver un Atleti dominador desde su presión, con el incentivo extra que supone la rabia que sus jugadores acumulan por el recuerdo del pasado reciente. Más aún si el mediocentro merengue es Casemiro, factor que entorpece ostensiblemente la elaboración de los de Zidane. Favorecería también esta actitud el hacer de los ataques colchoneros una vía corta por la que llegar a Keylor, evitando así tener que hacer medirse en velocidad a Griezmann y Torres con Pepe y Ramos, posiblemente la pareja de centrales más dominante del mundo en estas lides. Echar el cierre sobre campo propio supondría además ayudar a solucionar uno de los quebraderos de cabeza de Zizou: cómo posicionar a sus tres centrocampistas cuando es el jugador brasileño el que acompaña a Kroos y Modric.

Si Casemiro ejerce como mediocentro, presuponiendo que los del Cholo busquen arriba la salida blanca, caben tres posibilidades. La primera, que sea el de Sao Paulo el que ejerza como mediocentro real sacando la pelota desde atrás, es decir, que juegue a ser Toni Kroos, lo cual resulta del todo improbable dada la evidente distancia técnica, táctica y mental que hay entre teutón y brasileño para esta labor. La segunda, que como sucediese ante el Wolfsburgo, Casemiro “limpie” la zona de pivotes adelantando su posición hasta la de interiores, permitiendo así que, o bien Kroos, o bien Modric, ejerzan como directores de orquesta. Tras lo visto en el Volkswagen Arena, no parece ésta una decisión que Zidane guarde con buen recuerdo. Casemiro no sabe recibir de espaldas y, además, la organización defensiva de su equipo se resentía sobre manera al alterarse la disposición habitual de sus trío central. La tercera y más probable consiste en que, a la vez que Marcelo y Carvajal adelantan su posición, los centrales merengues se abran para dejar el centro al brasileño, formando así una línea de tres que aporte seguridad ante la pérdida y que favorezca la aparición del alemán o el croata en el centro.

En caso de que el Real Madrid atacase a un equipo replegado, pocas dudas hay de que el concurso de Kroos en el eje del sistema de Zidane sería el ideal para reventar el candado colchonero. La opción Casemiro perdería entonces sentido como interior, ganando enteros la presencia de Isco en el sector izquierdo. Es cierto que el Madrid perdería en solvencia defensiva cuando el Atleti contraatacase, pero también lo es que el momento actual de Pepe y, especialmente, un Sergio Ramos que parece haber vuelto a mostrar su mejor versión y que siempre da lo mejor de sí mismo en las noches de postín, son motivos que invitan a pensar en que el técnico francés pudiera sopesar subir la apuesta colocando de inicio al de Arroyo de la Miel sobre el césped de San Siro. Aún con esas, todo lo que no sea un once con Casemiro como titular supondría una sorpresa mayúscula. No hay otro jugador que defina mejor la pragmática apuesta de Zinedine Zidane desde que se hiciese cargo del banquillo local del Bernabéu: la solidez defensiva como vía por la que alcanzar el éxito.


De una u otra manera, Atleti y Real se mirarán mañana a los ojos con la confianza del que sabe que tiene todo para alcanzar la gloria. Unos lo harán desde el convencimiento de acumular la rabia y el hambre necesarias para que la venganza sea consumada, para que la victoria que por unos momentos fue, la misma que algunos aún no creen haber dejado escapar, termine por fin de consumarse. Para que la sed de sus fieles se vea por fin saciada. Otros lo harán con el pecho hinchado de orgullo, con el grueso de la historia europea tatuada sobre él, con el convencimiento de que no hay hambre en la hiena que pueda dar caza al rey de la selva. 

jueves, 5 de mayo de 2016

Los otros tres

Lo más impresionante que ha conseguido el Real Madrid no es alcanzar una nueva final de la Champions League. Tampoco que sea la segunda en tres años, habiendo alcanzado durante seis consecutivos las semifinales de la competición de clubes más prestigiosa del planeta. Lo increíble en esta historia es que el Real Madrid, hace escasos meses, estaba sumido en una profundísima crisis no ya solo deportiva, sino de calado institucional, que parecía advenir el peor de los porvenires para lo que restaba de campaña en Concha Espina. Agotado el tiempo de Rafa Benítez, Florentino Pérez puso al frente del barco al técnico del filial. Una solución de improvisto, un ínfimo parche sobre un boquete de proporciones descomunales. Una cabeza de turco protegida tras el escudo que el Bernabéu otorga solo a los más grandes.

El 12 de diciembre de 2015, Zinedine Zidane se sentaba en el banquillo visitante del Estadio Sarriena para enfrentar al Leioa. El próximo 28 de mayo de 2016, dirigirá en San Siro al Real Madrid en una final de la Champions League.

Y lo hará después de vencer por un gol a cero al Manchester City de Manuel Pellegrini. Sin Benzema y sin Casemiro, Zizou tuvo que variar su once habitual. Lo hizo dando entrada a Jesé donde Karim, y a Isco donde Kroos, dejando al teutón las labores de mediocentro en el habitual 4-3-3 del Real. Con la BBC mermada por la incomparecencia de uno de sus miembros y la falta de forma de otro, el trío de futbolistas sobre el que recayó el peso del partido fue otro. El de los centrocampistas.

Como comentaba ayer David de la Peña, el potencial del Real Madrid de Zidane aumenta considerablemente cuando es Toni Kroos el que ejerce como mediocentro. Es cierto que carece de la capacidad de Casemiro para apagar fuegos en transición defensiva, evitando que el Madrid se parta cuando la pierde, pero también lo es que, con el alemán, esos fuegos son menos habituales. Con Kroos como pivote, el Madrid rompe líneas en salida con mayor facilidad, consiguiendo girar rápidamente al rival, ganando así metros a la par que sus jugadores se juntan en torno al balón. Junto a Modric, el auténtico capataz de este equipo, e Isco, el jugador contextual que multiplica el sentido de la propuesta de Zidane, acompañando desde el interior izquierdo, los blancos muestran otra cara. Especialmente reseñable fue lo del malagueño. Sus giros recibiendo de espaldas cubren a la perfección la carencia del Madrid de Casemiro cuando le presionan arriba: la falta de un jugador que dé el apoyo que consiga romper esa línea de presión, que permita avanzar al equipo evitando el habitual pelotazo al que venían recurriendo los merengues.

El añadido con el que contó Zidane frente al City fue el nivel de sus centrales. Para que Kroos pueda ser el que juegue como mediocentro, su entrenador necesita, además de la calidad de sus interiores, que Ramos y Pepe/Varane den el nivel que el esquema les pide. Tras el imperial partido de Pepe en la ida, ayer le llegó el turno al central de Camas. Impecable al corte y autoritario con la pelota en los pies, Ramos volvió a ser el zaguero que legitima a los suyos competir como los que más por la Copa de Europa. Su figura era, es, y será imprescindible para que este Madrid aspire a hacerse con “la orejona”.

No sería justo terminar este texto sin hablar del nivel mostrado por el Manchester City durante toda la semifinal. Un dato habla por sí solo: Keylor Navas tuvo que para un balón en 180 minutos de juego. La incomparecencia de los de Pellegrini se agiganta en figuras como la de Yaya Touré o el Kun Agüero, transparentes a más no poder. Las acciones de presión de los citiziens en las que Touré caminaba (literalmente) para encimar a Modric o Isco hablan con claridad del ínfimo nivel competitivo del City, únicamente sostenido en el Bernabéu por Joe Hart, Nicolás Otamendi y Fernandinho.


Pero la realidad es que en poco más de 20 días Atlético y Real repetirán en Milán lo que hace dos años pelearon en Lisboa. Zidane dispone de dos partidos más para terminar de afianzar ideas, completar el resurgir de algunos jugadores (Isco) o hacer un último intento con otros (James), si bien ya ha conseguido lo que el pasado mes de enero parecía más improbable: conseguir levantar un equipo que competirá por todo hasta el último día, de donde solo quedaba una temporada tirada a la basura. 

martes, 26 de abril de 2016

Dos problemas

La Champions League es una competición extremadamente cruda. Un paso en falso, un fallo de concentración, y castiga con el mayor de los azotes. Sin clemencia. El Manchester City recibió varios de estos golpes en las últimas temporadas cuando su exuberante proyecto estaba aún demasiado verde (si es que en algún momento ha dejado de estarlo). A base de caer aprendió la lección, y decidió que el que hasta hace nada fuese su jugador franquicia, Yayá Toure, sería carne de banquillo. El Real Madrid, tras 6 años consecutivos en semifinales, ya tenía este camino andado.

En base a la priorización extrema de la competitividad como colectivo que unas "semis" de Champions exigen, City y Madrid dejaron un partido falto de pimienta, cuyos primeros 70 minutos difícilmente levantarían del sillón al espectador neutral.

Los de Zidane elaboraban con paciencia desde su propia área a pesar de la insistente presión citizien, que liberaba a Pepe y Ramos (un flan con el balón en los pies) mientras encimaba a la tripleta del mediocampo merengue. A menudo fue Casemiro el que bajó a recibir cerca de los centrales, donde su inseguridad en el envío vertical costó más de un susto a los suyos. Un partido más, la dificultad para distribuir con fluidez la colocación de Casemiro, Kroos y Modric fue latente, si bien los problemas que ésta acarrea se vieron mayoritariamente suplantados por las buenas actuaciones individuales de los centrocampistas. Mención especial al partido del alemán, que aportó empaque presionando al receptor y marcó siempre el ritmo que el Madrid necesitaba en cada momento. Después de haber jugado 15 minutos a gran nivel (del 70 al 85), los blancos bajaron el pistón, curiosamente, tras la sustitución de Toni Kroos.

El otro problema de mayor impacto para el Real Madrid fue la ausencia de un receptor entre líneas. Una vez que la pelota llegaba a los pies de Modric el equipo se asentaba arriba. El croata levantaba la cabeza y encontraba tanto a Casemiro como a Kroos en la misma línea de pase. El escalonamiento era inexistente. Tan solo Bale consiguió ejercer de eslabón en zona de tres cuartos, aunque la buena actuación de Otamendi y especialmente Kompany lastraran sus generosas intentonas. El partido pedía a voces a Isco, aunque se entiende su participación testimonial partiendo de la base de que el Madrid priorizase la estabilidad defensiva, en cuanto a que su productividad atacante era ya suficiente como para conseguir el gol. No había urgencias que llevasen al técnico madridista a arriesgar sacando del campo a Vázquez o a Casemiro. El Madrid fue netamente superior. Solo la presencia de Joe Hart impidió que el Real se llevase una victoria del Ettihad. Primero Casemiro, y luego Pepe, gozaron de las más claras del choque, ambas fruto de saques de esquina.


Como era de esperar, Kevin De Bruyne dejó una actuación acorde a lo que ya es: una estrella que marca diferencias en cada partido. Fue el único jugador del conjunto dirigido por Manuel Pellegrini que causó verdadero temor al bloque blanco con sus toques en las inmediaciones del área. Balones al espacio, veneno en el uno contra uno, un guante para ponerla a balón parado… El belga fue la pieza que hizo temblar, por momentos, al sistema defensivo merengue. Apuntado esto, se debe dejar claro lo siguiente: el Manchester City no gozó de ninguna ocasión de gol que hiciese peligrar el cero en la portería defendida por Keylor Navas. El Madrid sabe cómo se compite en la Champions. 

jueves, 21 de abril de 2016

Reorientación

El Real Madrid jugó ayer, 20 de abril, el que posiblemente sea el mejor partido liguero de lo que va de temporada. Ganó por tres a cero al rocoso Villareal de Marcelino, y lo hizo con la solvencia propia de un aspirante a todo al que, además, le faltaban algunas de sus piezas clave. El Madrid ayer sí que transmitió hechuras de candidato real a la Champions League.

La principal diferencia respecto a lo visto recientemente estribó en el cambio de situación del que venía siendo la pieza suelta en el engranaje de Zidane: la situación de su mediocentro titular, Casemiro, en la salida de balón. Si frente al Wolfsburgo, por poner un ejemplo meridiano de lo que se comenta, vimos como el brasileño alzaba su posición hasta casi ejercer como falso mediapunta, ayer trazó el movimiento opuesto; Casemiro se plantaba entre centrales mientras los laterales alzaban su posición hasta la altura de medios, permitiendo a Kroos y Modric centrar mucho su posición y ejercer como directores de orquesta en la tarea. Fruto del cambio, tanto el alemán como el balcánico firmaron actuaciones de primerísimo nivel. Del que les corresponde.

En el debe podría señalarse a Keylor, cuyo nivel con el balón en los pies sigue distando mucho de lo que un conjunto que pretende lo que el de Zidane necesita en la portería. La presión adelantada que los de García Toral intentaron durante la primera parte derivó en sendos pelotazos del tico, si bien el pase que Adrián y Bakambu le dejaban libre era el de Casemiro, en el borde del área y de espaldas los once jugadores del Villareal.


La medida adoptada por Zizou hizo que los Kroos y Modric, a la par que orquestaban la salida de pelota, llegasen con continuidad a la frontal del área defendida por Asenjo. Desde allí, el primero ordenaba a los suyos en campo contrario, mientras el segundo se infló a filtrar balones entre la zaga amarilla. La pelota circulaba con sentido, los pases frontales fruto de las prisas no fueron una constante (como sí venía ocurriendo), y la posibilidad de mandar un balonazo a Gareth Bale para que éste se jugase la individualidad no existía, así que el Madrid hizo lo que sabe, pero parecía haber olvidado: utilizar el pase corto como matriz de su plan de juego. 

sábado, 16 de abril de 2016

¿De vuelta?

El partido del Coliseum bien puede haber sido una de las tres tardes más plácidas de lo que va de temporada para el Real Madrid 2015/2016. El Getafe presentó resistencia nula, Pablo Sarabia a un lado, regalando latifundios demasiado golosos para la tripleta atacante blanca. Puntos aparte, lo más rescatable del choque fue el papel positivo que tuvieron los dos grandes borrones de la plantilla de Zidane, James e Isco.

El colombiano jugó como interior izquierdo, donde últimamente lo venía haciendo Kroos, hoy mediocentro ante la ausencia de Casemiro. Loar la ilimitada capacidad para generar goles de su pierna izquierda resulta ya una obviedad; en los tramos de campaña en que se movía como un exfutbolista seguían cayéndosele los goles de ella. Hoy sí, sus movimientos entramaron un sentido más parecido a lo que todo el mundo espera de James Rodríguez. Apoyaba a Kroos y Marcelo para edificar en la izquierda, para terminar asomándose al balcón del área a juguetear con su zurda. Tanto con balón como sin él reflejó haber ganado ritmo, déficit que le estaba costando demasiados segundos en cada una de sus acciones.

El interior derecho quedó para Isco. La ausencia de Modric, capitán general en la salida de pelota madridista, animó al malagueño a sumar un alto número de pases en el nacimiento de la jugada. En base a tocar y tocar la pelota, lo que al fin y al cabo demanda el ‘22’ para dar su nivel más alto, se pudo ver una versión afín a lo que es el futbolista. Un 97 por ciento de efectividad en el pase refleja a la perfección lo que fue su partido.


Tal y como se comentó al principio, las conclusiones no deben tomarse a la ligera por las facilidades que presentó su contrincante, pero sí que invitan al optimismo respecto a lo visto recientemente. Son piezas básicas para que el potencial nivel de juego del Madrid alcance su verdadero cénit. Y parece claro que Zidane lo sabe. 

miércoles, 13 de abril de 2016

Real Cristiano

Cristiano corre a celebrar su tercer gol.

No fue el mejor partido del Real Madrid de Zidane. Pero fue suficiente, e hizo justicia al nivel de uno y otro equipo. Tras un inicio donde la calma de la que el francés habló en la previa se vio más como voluntad que como realidad, el Real Madrid consiguió dos goles que le liberaban del yugo en forma de presión con el que arrancaban el choque. Más que por juego y merecimiento propio, encontró estos dos tantos porque cuenta con el mejor entre los terrícolas. Cristiano Ronaldo es el clavo ardiendo al que su equipo puede agarrarse para seguir creyendo en esta Champions.

Tras el 2-0 llegó el hastío. El trabajo parecía encarrilado, y los de Zidane creyeron que, como había hecho con los dos primeros, Cristiano no tardaría en vaciar el cargador para hacer otro par más. El Madrid, tras quince minutos iniciales de buena presión tras pérdida en campo rival, reculó veinte metros hasta apostarse sobre su área. Lejos de encontrar seguridad frente a las peligrosas contras germanas, sufrió a un Wolfsburgo que bien pudo hacer el gol que volase todo por los aires.

La circulación de pelota del Real no asustaba. Kroos y Modric reculaban hasta la base de la jugada para hacer suyo el primer pase, mientras Casemiro se situaba como si fuese Isco o James, pero con la diferencia de que no lo hacía para recibir y girar, sino para apartarse de la pelota. Para no molestar. En el fútbol todo está unido por la misma cuerda: si atacas bien, estarás mejor situado para hacerlo bien en defensa. Con esta disposición, que sacaba de su parcela a los 3 centrocampistas blancos, la pérdida tornaba en problema. Contexto donde, por otra parte, Casemiro luce como el que más. La duda estriba en si sería necesario un bombero en caso de no haber tantos fuegos.

A falta de media hora para el final, el Madrid se detuvo y reflexionó. Hacía falta buscar el gol. No ya solo por elucubraciones matemáticas en caso de sufrir uno en contra, sino por hacer saber al Wolfsburgo quién mandaba sobre el verde del Bernabéu. Con un centro del campo que no acompañaba lo suficiente, la tarea quedaba encomendada a los tres tenores de arriba. Bale, que sufrió durante todo el partido la escasa influencia de Luka sobre el sector derecho, redujo su concurso a magistrales salidas de situaciones en clara inferioridad numérica y posicional, finalizadas casi siempre con un cambio de orientación. Además, el enérgico Carvajal se encargó de monopolizar el dominio del carril, y al no asentar el Madrid los ataques arriba, el galés no llegaba a acompañar a su lateral. Benzema, que fue el mejor, pasó demasiado tiempo pegado a la izquierda. Inquieta pensar en el daño que podría haber hecho de haber participado más entre Dante y Naldo.

Y luego está Cristiano. El astro portugués, que cuajó un partido discreto, cogió el guion de la eliminatoria para reescribirlo a su antojo, anotando un triplete histórico que lo sitúa con dieciséis irreales goles tras diez partidos disputados. Su más cercano competidor, Suárez, lleva ocho.


Tras una irregular temporada, el Real Madrid está, por sexto año consecutivo, entre los cuatro mejores equipos de Europa. Bien haría en mirar su hazaña con un poco de perspectiva. No hace mucho, los octavos de final eran una maldición, y jugar frente al Olympique de Lyon o la Roma, motivo suficiente para echarse a temblar y temer lo peor. Cristiano ha dado la vuelta a esto como lo que es. Un número uno, empequeñecido por la figura de algo que no debería tener comparación. Y aun así la tiene.  

lunes, 11 de abril de 2016

El plan de la sexta



“Tenemos que marcar pero tenemos noventa minutos o más para hacerlo, no cinco. El mensaje es paciencia”. Zidane lo tiene claro. El Madrid no estará en semifinales por obra y gracia de la enésima ofrenda a Juanito. El camino, como no podía ser de otra manera, lo marca la única ventaja con la que recibe al Wolfsburgo: su plantilla. Aportar un contexto de partido que potencie a sus jugadores (evitando estampas como la de ver a su jugador franquicia limitado a pelear centros laterales con los dos centrales), a la par que los aleja de la vorágine de testosterona y adrenalina que un Bernabéu como el de esta noche puede infundir, es la tarea que el francés tendrá hoy marcada en rojo.

El Madrid no lo tendrá nada fácil. Un gol de los teutones, situación ni mucho menos descartable a tenor de lo visto en la ida, haría de la sexta semifinal consecutiva una suerte de utopía para los de Chamartín. El Real jugará, por tanto, priorizando no conceder antes que arremeter con desenfreno. Idea que, por otro lado, casa a la perfección con el fútbol del que Zidane gusta hacer gala siempre y cuando no tenga a Messi delante. Entra aquí en juego el factor emocional, que sin duda será de capital importancia, para bien y para mal, mañana en el Bernabéu. Un gol calmará el fervor de hinchada y jugadores, mostrará la luz al final del túnel. El paso de los minutos con un cero en el casillero impacientará a ambos, llevando al Madrid a abandonar su plan inicial y a forzar que sucedan cosas en las áreas.

Casemiro, James o Isco


Son dos los motivos que llevan a imaginar a Casemiro como titular. El primero, el que lo ha convertido en fijo para su entrenador: su aportación defensiva. Con Ramos en uno de los peores estados de forma que se le recuerdan, y Pepe y Varane lejos de su plenitud física, su agresividad y dominio del juego aéreo como salvavidas para la pareja de centrales madridista se antojan necesarios. El segundo, el ideal que transmite. La entrada de James o Isco, mucho más relacionados con el gol y el manejo de la pelota que el brasileño, supondría exteriorizar el mensaje del que Zidane rehuyó continuamente ayer. 

miércoles, 6 de abril de 2016

La casa por el tejado

Gareth Bale cae ante la defensa del Wolfsburgo
El dominio de la situación y del rival por parte del Real Madrid no tardó en certificarse. En el tramo inicial del primer tiempo, los blancos ya habían generado peligro suficiente como para haber dejado encarado el partido marcando el primero fuera de casa. Con Kroos y Modric imponiendo su ley como interiores muy móviles, el Madrid movía la pelota con fluidez y criterio, mientras Benzema administraba ataques desde la frontal y Marcelo comenzaba su show particular.

Casi por accidente, el Wolfsburgo encontró que el gol había caído en su casillero, señal que pareció suficiente para enaltecer los egos locales: estaban por delante y aún no habían comenzado a mostrar sus virtudes. Aún mareado por el brusco giro de guion que el partido había trazado, el Madrid consideró una injusticia verse por debajo en el marcador, así que decidió que el río debía volver a su cauce con celeridad. La desafortunada lesión de Benzema, que es seria duda para la vuelta, precipitó aún más los acontecimientos.  

Consumado ya el desorden emocional, los de Zidane comenzaron a verticalizar al máximo sus intentonas de ataque, con el lógico aumento de pérdidas en situaciones vulnerables que ello conlleva. Emergieron entonces dos figuras que contribuyeron a dañar el desorden madridista. La perla alemana Julian Draxler opositó a actor principal en las presumibles pesadillas que Danilo sufrirá esta noche. El “10” deslumbró desde la banda izquierda, recibiendo una y otra vez con espacios, para recordar a Europa que aquí hay jugador importante. La otra parte fueron Pepe y Ramos, que tuvieron una de las peores noches que se les recuerda como pareja. Mención especial merece el de Camas, que como viene siendo norma, se mostró nervioso, impulsivo e impreciso en demasía.

Llegaría el 2-0 poco antes de cumplirse la media hora de partido, y con él, el sinsentido que se vería durante los 60 minutos siguientes. Ronaldo pasó a jugar en el área y Bale en la izquierda. Consecuentemente, los ataques del Madrid cayeron en el abuso del centro lateral, y aunque pudo ser suficiente para hacer gol (la zurda del galés es un regalo para cualquier rematador), redujo de manera drástica las opciones de un equipo que formaba con jugadores como Marcelo, Kroos, Modric o Jesé. Únicamente el ingreso de Isco en el campo permitió ver atisbos del juego interior que este Real Madrid, por plantilla y potencial colectivo, debe priorizar.


Aun siendo el resultado final un tanto engañoso, pues no hubiese sido extraño que el Real se llevase algún gol del Volkswagen-Arena, la actitud para encarar un partido cargado de testosterona y alegorías al más allá como el que espera el próximo martes deberá ser muy distinta a la vista hoy en Alemania. No en términos de motivación, sino de inteligencia emocional, de racionalizar el contexto. La precipitación y el nerviosismo del partido de ida deben ser la luz que ilumine el encuentro del próximo martes.  

martes, 5 de abril de 2016

Casemiro y el techo merengue


Desde el momento en que Zinedine Zidane cogió las riendas del maltrecho Real Madrid de Rafa Benítez,  se apresuró en defender a Kroos como un elemento básico para el funcionamiento de su equipo. “Toni es perfecto para el Real Madrid. Desde que él está en Madrid, nuestro estilo ha cambiado”, explicó en una entrevista concedida al diario alemán Sportbild, en referencia al valor que el alemán tiene ejerciendo la exigente función de mediocentro en el conjunto de la capital.

Lo cierto es que la realidad actual dista mucho de las pretensiones iniciales del técnico galo. El Madrid parece instalado en una espiral autodestructiva que atrapa al mediocentro de turno para hacer de su desempeño, en las malas, el mayor de los problemas del equipo. En las buenas, mejor pasarlo por alto. Le ocurrió a Xabi Alonso en sus últimos tiempos por Concha Espina, y lo lleva sufriendo el actual campeón del mundo prácticamente desde que aterrizase en España.

El juego de salida elaborada y posesiones prolongadas que Zidane traía para su conjunto parecía tener en Kroos un eslabón ideal en la cadena combinativa merengue. Tras 8 jornadas consecutivas como mediocentro único, alternando contundentes goleadas con sendos pinchazos (el doloroso 0-1 ante el Atlético inclusive), en la visita al Levante fue relegado al puesto de interior, entrando Casemiro como pivote. Desde entonces, frente a Celta, Las Palmas, Sevilla y Barcelona, el brasileño ha sido el encargado de desempeñar el rol primigeniamente reservado para Toni Kroos, que ha limitado su participación a desempeñarse como interior izquierdo.

Suele decirse que cuando algo funciona no conviene cambiarlo. Es aquí donde se encuentra el meollo de la cuestión: ¿realmente es Casemiro la opción óptima para potenciar las virtudes del Real Madrid que busca su actual técnico? En escenarios concretos como el del último enfrentamiento con el FC Barcelona, donde el plan madridista sufre modificaciones significativas en base a un ínfimo número de rivales, Casemiro puede ser una pieza de gran utilidad. Incluso como revulsivo para cerrar encuentros de resultado corto. Pero cuando se trata de tomar el mando de un partido desde la posesión, asumiendo el mando en la salida de pelota, como primer pase, batiendo líneas que permitan asentar al equipo arriba, o dando un apoyo por detrás al poseedor del balón, el alemán emerge como una opción de mayor categoría para la tarea. 



A falta de un sistema de juego que pueda desarrollarse plenamente con el tiempo que esto conlleva (el año que viene, pretemporada mediante, será otra historia), Zidane necesita resultados que legitimen su idea y permitan llegar a los suyos a la recta final del curso con opciones en la Champions. La realidad es que Casemiro se los está dando. La duda es si, de seguir así, el Real Madrid de Zidane encontrará su techo antes de lo que el talento de sus jugadores dictamina. 

domingo, 3 de abril de 2016

Marcelo en el jardín de Messi

Marcelo y Luis Suárez luchan por un balón


Mientras algunos debatían el número de goles que se iba a llevar el Madrid para Chamartín, dándose por descontada la goleada en nombre de Cruyff, el Real se plantó en el Camp Nou sabiéndose menos equipo que su rival, pero nunca inferior en cuanto a talento y determinación. Si cumplían el plan que su entrenador había preparado, la victoria no era una quimera.

Con la novedad de Messi posicionado de manera permanente en el centro, Luis Enrique buscó el dominio total de la situación mediante la pelota. Sería azulgrana la mayor parte del tiempo. El Madrid colocó una línea de cinco futbolistas por delante de la defensa, con Casemiro como pivote, Kroos y Modric como interiores, y Gareth Bale y Cristiano Ronaldo cerrando las bandas. Hay que reseñar la labor del técnico blanco a la hora de convencer a sus futbolistas de cuáles serían las pautas a seguir. Solo así se entiende que ayer se viese a Ronaldo defendiendo a Jordi Alba cuando éste ganaba línea de fondo. Fue precisamente esta conciencia colectiva, este saber esperar al momento adecuado cerrando pasillos y líneas de pase pacientemente, lo que dificultó la circulación rápida de pelota por parte de los locales. Eso, y el hecho de que Messi no pisase la derecha, lo cual hubiese agrietado significativamente el sólido bloque madridista. La otra pieza blanca que refleja el plan de Zidane fue Casemiro. El brasileño, acostumbrado a salir a todas, a morder por decreto allá donde se encuentre la bola, adoptó ayer una actitud más conservadora, priorizando mantener la posición frente a buscar el robo por impulso. Su partido fue notable.

El choque no estaba siendo prolífico en ocasiones, aunque Suárez primero, y Rakitic después, tuvieron en sus botas el primero de la noche. Bale parecía la única vía válida para que los de Zidane se acercasen al área de Bravo, y Benzema vivió atormentado por la presencia de Busquets, brutal con y sin balón. Su sangre fría permitió que el Barça mantuviese el guión planeado por Luis Enrique. Paradójicamente, el gol culé llegó en un córner.

Con el marcador en contra, el Madrid dudaba aún entre conservar el plan inicial o lanzarse a presionar definitivamente arriba. En esas apareció Marcelo, que había estado impreciso pero participativo en el primer tiempo, liberado por la ausencia de Leo Messi en su zona, para trazar una diagonal más propia de un mediapunta (su posición es un truco en el que resulta imposible no terminar cayendo) que sirvió para que Benzema igualase el marcador. Rakitic estaba realizando un trabajo impagable en el sector del brasileño, pero Luis Enrique decidió introducir a un perdido Arda Turan en su lugar. Su nivel de adaptación al sistema del Barcelona es una debilidad, y el Madrid hizo sangre en su sector, primero con Marcelo, y después con Jesé. El segundo parecía ya cuestión de tiempo. Bale, el jugador más en forma en el conjunto merengue, terminó encontrando a Cristiano en el área tras una potente arrancada de Carvajal.


El Madrid queda a 7 puntos del Barça, distancia que, con 21 puntos en juego, sigue antojándose excesiva para los blancos en lo que a aspiraciones a ganar el campeonato se refiere. Y aún con esas, salen reforzadísimos de Can Barça, sabiéndose capaces de tumbar a cualquiera y con todo apostado a la Champions. Los de Luis Enrique, ni mucho menos tocados tras 39 partidos sin conocer la derrota en su feudo, continúan siendo la referencia mundial, con aspiraciones a la proeza divina que sería repetir el triplete, y con el Cholo Simeone esperando a la vuelta de la esquina. Lo mejor está por venir. 

viernes, 1 de abril de 2016

Zidane con las blancas


El Madrid no va a ganar la liga. Son 10 puntos los que lo separan del Barcelona, y ni el juego propio, ni el del actual líder, permiten a los blancos soñar con una colocación distinta en la tabla de aquí a finales de mayo. Mañana visita un Camp Nou enaltecido por enfrentarse al máximo rival y motivado sobremanera por homenajear sobre el campo a un tal Johan Cruyff. El contexto parece propicio para un partido plácido con victoria blaugrana, si no fuera porque se trata de un FC Barceloa-Real Madrid. 

Zidane llega con la ventaja del que conoce lo que significa este enfrentamiento para ambos clubs. Amén de por el peso del escudo que hoy defiende como técnico, una victoria blanca ante el todopoderoso Messi mejoraría exponencialmente la autoestima de un plantel que navega tocado desde que perdiera sus opciones en el campeonato nacional, algo básico de cara a afrontar los cuartos de la Copa de Europa (recordemos lo que estuvo a punto de suceder frente al Schalke el curso pasado). No digamos ya ante un hipotético emparejamiento con los de Luis Enrique en rondas posteriores. Y por si todo esto no fuera suficiente, una victoria visitante mañana pondría al Madrid a 7 puntos del líder, que iría a Anoeta el siguiente fin de semana, con nada menos que un doble choque de Champions frente al Atlético de Madrid entre medias.

Conocida ya la baja de Varane por lesión, parece claro que será Pepe el que acompañe a un renqueante Ramos en el eje de la zaga madrileña. A pesar de que esto pudiera parecer incluso una ventaja, puesto que el central luso es uno de los defensores que mejor parado ha salido históricamente frente al genio de Rosario, el cambio puede suponer un giro completo en los planes de Zidane.
Con un centro del campo en el que todo lo que no sea jugar con Casemiro como pivote sería una sorpresa, unido al consiguiente alejamiento de Kroos de la base de la jugada, el Real Madrid tendrá serias dificultades para ejecutar su plan habitual en lo que llevamos de la “Era Zidane”: salida elaborada en corto desde atrás, posesiones largas y no rifar ni una pelota. No hay que olvidar que mañana una posible pérdida en salida pillaría al cuadro merengue en desventaja frente a la MSN, por lo que asumir los menores riesgos posibles para que el poderío del trío sudamericano no trascienda debería ser una máxima para Zizou.

Si el técnico del Real Madrid revisa las mejores actuaciones recientes de los suyos en el feudo culé, verá que el plan viene siendo siempre el mismo: dos líneas juntas con presión sobre el receptor del pase y salidas rápidas mediante el envío directo a Karim Benzema. El dominio de Bale en este contexto es absoluto, por lo que su figura se antoja fundamental para las esperanzas de los madridistas. Ayudar a su lateral a enfrentar el triángulo Neymar-Iniesta-Alba, para después correr como si no hubiera mañana al encuentro de un balón servido en ventaja por Benzema, es el escenario más probable al que se tendrá que enfrentar mañana.

A pesar de que Casemiro sea la opción con mayor potencial defensivo para la posición de mediocentro, surge un punto flaco que será de vital importancia para las opciones del Real Madrid. El brasileño destaca por su intensidad y su agresividad sin balón. Va a todas. Esto, muchas veces jaleado por el Bernabéu, puede madurar en una trampa mortal para su equipo. Cada vez que Messi o Neymar reciban en banda, Casemiro acudirá buscando el robo inmediato, o lo que es lo mismo, invitará a los astros culés a que lo desborden y enfrenten un boquete a su espalda, que les permitirá trazar su movimiento más devastador: la diagonal hacia el arco.

Si finalmente Zidane opta por un plan más conservador implicará, como toda elección difícil, una parte negativa. No hay equipo que mejor consideración tenga de sí mismo que el FC Barcelona de Leo Messi, lo cual suele resultar terrible para su rival cuando éste decide dejar a su recaudo el balón durante el grueso del partido. Bravo, Piqué, Alves, Busquets, Iniesta y Messi tiranizan desde la posesión, disfrutan pasándose la pelota, y sufren como niños a los que se les ha quitado el chupete cuando no la tienen. Regalársela no le supondrá a Zidane, ni mucho menos, salir con blancas.